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Sobre Javier Marías

Hace unos meses, Pablo escribía en este mismo blog un artículo entusiasta sobre la última novela de Javier Marías. Para mostrar que somos buenos amigos pero que no por ello siempre pensamos igual, me atrevo a colgar este post crítico con el escritor madrileño. No escribiré sobre su última novela, que no he leído, sino sobre algunas de sus novelas anteriores.

Debo confesar que mi historia con Marías comenzó mal, y que todos los esfuerzos que he hecho posteriormente por cambiar esa impresión inicial negativa no han dado demasiados frutos. Hace ya muchos años, 15 para ser exactos, leí Cuando fui mortal, un libro de cuentos de 1996, que los especialistas en Marías ciertamente no sitúan entre lo mejor de su producción. Esa lectura me desilusionó, pues tenía altas expectativas con Marías. Debo advertir que nunca he digerido bien cierta prosa española de estilo barroco, recargado, un poco arcaizante. Que siempre he preferido la prosa, por así decirlo, fresca y directa. Y Marías, así lo tenía entendido, representaba justamente eso, aire nuevo, una literatura que modernizaba la novela española, que la hacía más abierta y cosmopolita. Que Marías, para entendernos, no era Muñoz Molina. Y no lo era, eso es cierto. Pero la lectura de Cuando fui mortal me dejó frío.

Tras esa primera experiencia fallida, no han sido pocos los amigos y conocidos, como Pablo o José Juan Moreso, que intentaron sacarme de mi error y me animaron a leer otras cosas de Marías. Tres títulos aparecían invariablemente en las conversaciones: Todas las almas, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. Tanta era su insistencia que, aprovechando una semana de vacaciones conjuntas con los De Lora-Peláez en verano de 2009, abordé Todas las almas, su tan aplaudida novela oxoniense de 1989. Marías conocía bien el ambiente de Oxford, pues había sido profesor allí durante algunos años. Y para mí, como académico, no podía haber contexto más prometedor que aquél, especialmente para acompañarme en mi huida del tradicionalismo barroco español, muchas veces rural, siempre encerrado.

¿Qué decir de Todas las almas? La novela lo tenía todo para cautivarme. El “gótico intelectual” de Oxford, y nada más y nada menos que de All Souls College, el más misterioso de todos los misteriosos colleges oxonienses. Una novela directa, dinámica, con ritmo. Cargada, eso sí, de reflexiones, de miradas profundas. Una novela de personajes, eso es lo principal, pero de personajes con ideas. Parecía casi un manifiesto de lo que yo reivindicaba. Seguramente por eso me decepcionó. Comencé su lectura con la seguridad de que mi primera desilusión con Marías obedecía únicamente a un error, una mala elección de lectura. Pero ese error estaba a punto de subsanarse. Iba a enfrentarme a la que se consideraba tal vez una de las mejores novelas en español de las últimas décadas. Muy altas expectativas, y muy bajas impresiones.

No es fácil explicar lo que me decepcionó. Como digo, la novela reunía todo lo que yo podía pedirle. Sin embargo, sus reflexiones no me atrapaban, muchas de sus digresiones me parecían innecesarias. Algunos de los elementos de la novela me parecían injustificados. Pero creo que lo que mejor puede definir la sensación que tuve al leerla es que la novela, los personajes y las reflexiones no me resultaban creíbles. No me refiero, por supuesto, a credibilidad empírica, a que lo que allí se cuenta pudiera realmente ocurrir con una cierta probabilidad. Me refiero a credibilidad literaria, la que tienen tanto Tiempo de silencio o El Jarama como el Quijote o a los relatos de Poe. Acusación terrible, la de falta de credibilidad literaria. Y seguramente no estoy en disposición de justificarla debidamente. No soy un teórico de la literatura, ni un crítico literario, y este post no pasa de ser una declaración de gustos personales. Pero como en todo juicio estético (que al menos pretende ser) bien formado, pueda éste justificarse de forma explícita o no, hay un intento de trascender el mero gusto reactivo, la emoción desnuda que suscita cierta lectura, para tejer una evaluación que no puede ser si no comparativa. Así que, desde el gusto de alguien que mentalmente compara sus lecturas para urdir sus evaluaciones, aunque en el fondo no deje de ser una cuestión subjetiva, sólo puedo decir que Todas las almas me desilusionó.

En las siguientes conversaciones sobre Marías, esta vez sobre todo con José Juan y María, su sorpresa ante mi juicio negativo sobre Todas las almas, teñida de una cierta incredulidad, se saldaba con una nueva recomendación insistente en que debía leer sus otras grandes novelas. Recuerdo un soleado día en Sant Cugat del pasado mes de noviembre, en que, masticando un delicioso arroz delta-style, conversábamos sobre un reciente diálogo mantenido entre Marías y Jaume Casals, Javier Aparicio y Domingo Ródenas, celebrado en la Universidad Pompeu Fabra con motivo de los 40 años del inicio de su carrera literaria. Yo les contaba que Marías me había sorprendido favorablemente en esa ocasión. Pude ver que era, en efecto, un escritor articulado, con sentido literario, que es algo ya no muy usual en muchos de los escritores contemporáneos conocidos. Y José Juan y María me insistieron en que debía leer Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí.

Los que me conocen saben que soy una persona muy, pero que muy testaruda. Y que me mis opiniones son, muchas veces, excesivamente firmes. Sin embargo, a Marías le concedí una vez más –mejor dicho, dos veces más- el beneficio de la duda. Por tercera y cuarta vez, para ser exactos. Así que este agosto pasado me compré sin dudarlo estas dos novelas (un error, porque una de ellas ya la tenía en mi biblioteca, algo que me sucede a menudo), las obras cumbre de Marías. Comencé por Corazón tan blanco, de 1992, cuyo impacto y reconocimiento fuera de España ha sido incluso mayor que el recibido aquí (lo cual me hacía, de nuevo, albergar esperanzas). Pero la decepción comenzó ya en las primeras páginas. Antes de explicar por qué, debo contar un hecho que sin duda afectó mi juicio.

Mi lectura magna de estas pasadas vacaciones, la lectura justamente previa a acometer de nuevo a Marías, había sido 2666 de Bolaño. Bolaño, del que había leído varias cosas, era ya uno de mis escritores favoritos en español. Águeda, que ya había disfrutado de 2666 unos meses atrás, me había dicho que se trataba de una novela de otro nivel, de otra galaxia. Yo había comenzado a leerla unos meses atrás. Pero la “parte de los críticos”, la primera de las cinco novelas de las que se compone esa obra maestra, no me había atrapado. Y las 1.200 páginas que aglutina el total de la novela, me habían hecho dejarla aparcada hasta las vacaciones, en las que el ritmo estival y el salitre de la costa acompaña mejor estas grandes empresas de “uno mismo y solo”. De 2666 escribiré otro día. Pero sí, es de otro nivel, de otra galaxia. Adelanto que no sólo me parece una de las mejores novelas en español de las últimas décadas (eso es lo que es Detectives salvajes), sino una de las mejores desde que el Quijote las inventó. Cuento esto porque si el juicio estético literario, en mi opinión, y como ya he dicho, es siempre comparativo, el juicio sobre Marías iba a resultar, tal vez injustamente, pero irremediablemente, afectado por esa lectura previa.

Corazón tan blanco adolece del mismo problema de Todas las almas, y como comprobaría más tarde, de Mañana en la batalla piensa en mí. Carecen de credibilidad literaria. En seguida pondré un ejemplo muy menor, pero digámoslo claro de entrada: si un escritor decide poner dos títulos a sendas novelas que se corresponden con versos de Shakespeare, y decida además abrir dichas novelas con epígrafes shakesperianos, y las baña en lenguaje y reflexiones igualmente shakesperianas, está jugando con fuego. Si lo hacen Borges o Nabokov (aunque ninguno de los dos, hasta donde yo sé, lo hizo nunca), el riesgo sigue existiendo pero las probabilidades de éxito son considerables. Si lo hace alguien como Marías, no puedo dejar de acometer su lectura con un cierto escepticismo. Entiéndase bien, no digo que esté prohibido hacerlo, ni mucho menos. Es más, me parece un juego literario perfectamente legítimo. Si alguien lo intenta como divertimento, como ocurrencia para una obra menor, consciente de la distancia sideral con el modelo, la cosa tiene su gracia. Pero si lo hace alguien del que se ha dicho que es uno de los mejores escritores europeos del momento, y lo hace precisamente en sus dos obras cumbres, entonces uno debe medirse realmente con los grandes. No vale aquí ninguna disculpa. No vale intentar rebajar las expectativas.

Por decirlo con Bolaño, de nuevo. Cuando Bolaño escribe Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce con Toni G. Porta, está creando un divertimento. Puede divertir al lector o no. Pero si no lo hace, no pasa nada. Cuando escribe Detectives salvajes, La literatura Nazi en América o El gaucho insufrible la cosa es distinta. Ahí se está midiendo con los mejores de su generación. Aspira a competir con Vargas Llosa o García Márquez, que él no estimaba, o con Marsé, al que estimaba mucho. Pero cuando escribe 2666, su pretensión es de otro calibre. Ahí se terminaron las excusas. Pasamos a la literatura con mayúsculas y negritas. Se la juega. Si le sale mal, pierde. Pero a Bolaño no le sale mal.

No creo que Marías, en estas dos novelas, y a pesar del frame shakesperiano, intentara jugar en la liga absoluta de la literatura. Pero sin duda no se estaba limitando a escribir un divertimento. Muy bien, de acuerdo, juzguémoslo entonces así. ¿Es Corazón tan blanco comparable a La fiesta del chivo, a Últimas tardes con Teresa, a Detectives salvajes? Me opinión es que no. Y la razón principal por la que no es que, de nuevo, carece de credibilidad. Veamos este ejemplo, si acaso menor. La novela comienza, como es conocido, con el suicidio de una joven, un disparo directo al corazón. La escena debería ser sobrecogedora. El padre está comiendo cuando se escucha el disparo. Está masticando un pedazo de carne cuando se escucha el estruendo. Y primero se queda, claro, paralizado. Luego se levanta, corre, sube a la habitación, entra, ve a su hija sin vida tendida en el suelo. ¿No es una escena terrible? Y dice: “…los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él.” Todo esto se relata en ese interminable párrafo inicial de cinco páginas de duración, cargado de información secundaria, que sin duda resta fuerza al momento. Pero ¿alguien puede creer que lo que cuenta de la carne es verdad? ¿No es acaso probable que alguien que tenga un pedazo de carne en la boca cuando suena un disparo lo trague de inmediato? ¿O si no, por lo menos, que lo haga en los segundos en los que corre por el asa en dirección al cuarto de su hija? ¿Y si todavía no, que lo haga, ahora ya sí, al primer segundo de ver el cuerpo ensangrentado de su hija? Aún peor: ¿cómo puede ser que los demás invitados que igualmente corrieron tras él, prestaran atención al hecho de que el padre “iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca”, y no quedara su atención únicamente centrada en el cuerpo yaciente de la joven? ¿Cómo debía masticar ese hombre la carne para atraer la atención de “los que le siguieron”?

Se me dirá que esto es un único fragmento, que no demuestra nada. Pero ejemplos así abundan tanto en Corazón tan blanco como en Mañana en la batalla piensa en mí. Además, el que se supone que va a ser un impresionante y sobrecogedor punto de partida de la novela debería estar mesurado, trabajado, analizado hasta el milímetro por el escritor, en definitiva, ¡masticado y tragado!

Hay muchas otras cosas que comentar de la novela, como de nuevo sus largas y poco interesantes reflexiones, sus excursos irrelevantes para la trama sobre detalles intrascendentes, etc., pero no quiero cansar más a los pocos que hayan llegado a leer hasta aquí. Debo reconocer que Mañana en la batalla piensa en mí, aún adoleciendo del mismo déficit de credibilidad que las otras novelas que he leído de Marías, es la que más me ha gustado. Por lo menos reconozco una cierta idea ingeniosa en el argumento principal. También creo que la novela no es más que eso, el desarrollo de esa idea ingeniosa, y en ese sentido no puede ser si no, de nuevo, una obra menor. Pero al menos produce algún impacto en el lector, tal vez en mi caso mayor por tener un hijo pequeño. Un problema añadido de Corazón tan blanco es su tema principal, una reflexión sobre el matrimonio. Para alguien que nunca ha tenido, ni del todo comprendido, la idea de matrimonio sobre la que Marías escribe y de algún modo critica, la novela me parece extremadamente aburrida. Reconozco que puede ser interesante para aquellos que alguna vez compartieron esa idea, y cuya vida les llevó a plantear puntos de vista parecidos a los del protagonista. Pero a mí, hasta la crítica de la institución, menos clara de lo que podría ser, me parece aburrida…

No me extiendo más. Tras cuatro novelas, cuatro intentos sinceros, y un montón de horas de mi vida dedicadas a Marías, habiendo tanto y tan bueno por leer en este mundo, no puedo dejar de prometerme a mí mismo que jamás leeré ninguna otra obra de Marías. Prefiero seguir, como estoy haciendo estas semanas, leyendo todo lo que me quedaba por leer –cada vez menos, desafortunadamente- de Bolaño y Bioy Casares, esos dos monstruos de la literatura española.

 

José Luis Martí

 

¿Independencia?

Hace unos días publiqué un artículo en El Periódico crítico con el afán independentista que se abre paso en Cataluña. Lo podéis leer aquí

 

Josep Lluís Martí

Discapacidad, fetos y discriminación: ¿es el mayor plazo de la indicación “eugenésica” para abortar una forma de discriminación?

La asociación Down España, así como otros grupos que representan al colectivo de personas con discapacidad, alientan al actual gobierno para que aplique la Convención de los Derechos de Personas con Discapacidad de 2006 (ratificada por España) én cuyo artículo 10 se afirma “… el derecho inherente a la vida de todos los seres humanos” y que “[los Estados] adoptarán todas las medidas necesarias para garantizar el goce efectivo de ese derecho por las personas con discapacidad en igualdad de condiciones con las demás”. Estos grupos recalan, además, en las Recomendaciones hechas por el Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad relativa al Informe remitido por España (se trata de la Sexta Sesión celebrada entre el 19 y el 23 de septiembre de 2011). Merece la pena citar la propia consideración del Comité: “El Comité recomienda al Estado parte que suprima la distinción hecha en la Ley Nº 2/2010 en cuanto al plazo dentro del cual la ley permite que se interrumpa un embarazo por motivos de discapacidad exclusivamente”. El informe en su totalidad se puede consultar aquí.

Antes de abordar la recomendación, resulta interesante destacar que, a diferencia de España, en Estados Unidos muchos representantes de los discapacitados tienen fuertes reservas sobre la Convención, hasta el punto de urgir a los políticos estadounidenses a que no la ratifiquen pues consideran que ésta oculta una agenda “proabortista”. Así se desprende, a su juicio, de la lectura del artículo 25 donde se trata de garantizar a los discapacitados el derecho a la salud, incluyendo la “salud sexual y reproductiva”.

Como es bien sabido, desde la promulgación de la Ley 2/2010 las mujeres en España pueden abortar sin alegar causa alguna hasta la semana 14 (deben eso sí, recibir información sobre las ayudas de las que disponen para el caso de que decidan proseguir con el embarazo, y esperar tres días desde la primera visita). Más allá de la semana 14 cabe la interrupción del embarazo tanto si existe riesgo grave para la salud o la vida de la madre, como riesgo de graves anomalías en el feto. Si tales anomalías son “incompatibles con la vida” (piénsese en la anencefalia o en la agenesia renal bilateral) o en el feto se diagnostican enfermedades extremadamente graves e incurables cabe abortar pasadas las 22 semanas.

Así pues, a diferencia de un “feto normal”, al “feto discapacitado” – por decirlo así- no se le da la misma oportunidad de seguir gestando tras las catorce primeras semanas. ¿Estamos por ello ante un caso de discriminación? Down España piensa que pero yo creo que no.

Para empezar dejemos claro lo que se sostiene. Si uno enarbola la bandera de la defensa de aquellos seres humanos más “indefensos”, y considera que los fetos son sujetos de algunos derechos básicos independientemente de su dependencia orgánica de la madre, la permisión del aborto en sí es un caso de discriminación por discapacidad, y en ningún caso debería estar permitido pues no hay, bajo esta perspectiva, ninguna diferencia moralmente relevante entre quienes ya han nacido y quienes están por nacer que justifique una diferencia de trato, como no la hay para gozar del derecho a la vida entre quienes, ya nacidos, sufren del síndrome de Down y quienes no (tal vez cabría excepcionar el embarazo no consentido o el supuesto de peligro para la vida de la madre de esa regla que, bajo la apelación a la no discriminación, rechazaría en principio la práctica de la interrupción voluntaria del embarazo).

Pero no es esto lo que defiende Down España. Si, pongamos, el legislador español decidiera ampliar el plazo en el que cabe abortar sin alegar causa alguna para equipararlo a la circunstancia en la que se ha detectado una anomalía o discapacidad en el feto, se habría eliminado la discriminación y Down España no tendría nada que objetar. Pero supongamos por un momento que la Ley 2/2010 hubiera permitido a todas las mujeres en España abortar sin alegar causa alguna hasta la semana 14, con la excepción de los fetos de ojos azules (vamos a imaginar que tal cosa fuera detectable) que pueden ser abortados hasta la semana 20. En este supuesto sí convendríamos en el carácter arbitrario de la distinción y en el tono discriminatorio de la regla.

Y sin embargo no creo que sea éste el caso, a mi juicio, cuando del síndrome de Down, u otras discapacidades semejantes, hablamos. En particular si las dos siguientes condiciones se dan:

a)   Las patologías o discapacidades en cuestión no se pueden detectar en los primeros estadios de la gestación y

b)   Suponen una carga objetiva para la familia o para el propio individuo.

En tales circunstancias hay una justificación para no tratar los casos de manera igual pues, sencillamente, no estamos ante iguales. Y sí, soy consciente de que queda trabajo conceptual por hacer para precisar de qué hablamos cuando hablamos de “discapacidad” o “anomalía”, pero, sobre todo, para evitar una conclusión (intuitivamente) repugnante. Y es que, con la caracterización que he hecho de los abortos que no serían un supuesto de discriminación, la condición de ser el feto mujer es, en determinados contextos, pensable como una circunstancia que justificaría un aborto más tardío. ¿Qué les parece?

Pablo de Lora

Fuga de cerebros médicos

A finales de junio tuve el privilegio de asistir a un seminario en Ginebra centrado en cómo atajar las consecuencias (dramáticas) de un fenómeno con una incidencia particularmente intensa en los últimos años: el flujo de profesionales sanitarios desde los países del Tercer Mundo y en vías de desarrollo hacia el llamado “primer mundo”.

Yo recordaba este término, el de “fuga de cerebros”, de mis tiempos de chaval cuando físicos soviéticos como Sajarov pugnaban por abandonar su país para instalarse en Estados Unidos u otros países “libres”. Las circunstancias de la crisis española que actualmente vivimos han puesto la expresión de nuevo en circulación. El fenómeno para el que fuimos convocados a pensar y discutir es una especie de ese género en el contexto más trágico posible: tanto para quienes se van – quién no lo haría si viviendo en Malawi puede establecerse en Manchester y seguir ejerciendo su profesión – como para quienes se quedan – cuyas necesidades son tan básicas que la mera ausencia de un profesional sanitario de un día para otro provoca muertes a decenas. Para los países receptores, el “negocio” resulta interesante: consiguen recursos humanos con una formación razonablemente buena que han proporcionado – y costeado- otros para cubrir sus necesidades crecientes de atención sanitaria. En particular, en esas zonas rurales a donde muy pocos de los que componen su contingente local de médicos quieren ir. La novela de Abraham Verghese (“My own country”) refleja con mucha viveza esa realidad.

Hay que distinguir el fenómeno de la fuga de cerebros médicos de otro fenómeno paralelo pero distinto: el turismo médico. Algunos países, señaladamente la India, están apostando (habría que decir que las autoridades lo están haciendo) por convertirse en destino hospitalario y sanitario de aquellos enfermos del primer mundo que precisan de un tratamiento que en su país de origen resulta comparativamente mucho más caro. El caso de los transplantes es el más llamativo y crudo, pero no el más importante en términos cuantitativos. Ciudadanos estadounidenses, fundamentalmente, encuentran en ciertos complejos hospitalarios de la India, Filipinas o Tailandia, la tecnología de última hora, cualificados profesionales sanitarios y el lujoso alojamiento que podrían encontrar en su país aunque, eso sí, a un precio muy superior. Allí acuden cada vez en más número para que les sea practicada la cirugía coronaria, o traumatológica que necesitan. Esos países, sin embargo, capaces de proporcionar tales servicios médicos a los turistas siguen mostrando carencias terribles para la satisfacción de las necesidades más básicas de salud de su población.

La fuga de cerebros médicos es también, desde otra perspectiva, un problema de justicia en la distribución de los recursos sanitarios. Pero es un problema con una particularidad crítica: los recursos de los que hablamos son seres humanos y de ellos no podemos disponer – en cuanto a su “manejo”- como si fueran medicamentos, o equipamiento técnico, u órganos. Es por ello por lo que, desde el punto de vista de la filosofía práctica, resulta una cuestión fascinante.

En un mundo ideal, esto es, en un mundo sin fronteras con una cierta autoridad centralizada que se ocupa de intentar satisfacer las necesidades de todos sus habitantes, la cuestión tendría un más fácil manejo y se asemejaría mucho al modo en el que, tradicionalmente, los Estados se han ocupado de cubrir las necesidades de médicos, profesores y otros funcionarios o servidores públicos en zonas deprimidas, de difícil acceso o poco atractivas. No digo que esas soluciones – incentivos en diversos modos o sistemas de oposiciones con asignación de destino en función de la nota- sean plenamente satisfactorias- ciertamente no arrojan resultados óptimos. De hecho, como ya he señalado, el problema del desabastecimiento de servicios sanitarios en el mundo rural es muy acuciante. Pero la comparación no resiste si abrimos el foco y contemplamos nuestro mundo de hoy, global, pero globalmente desprovisto de instituciones efectivas. En último término, a los habitantes de los pueblos en los países del primer mundo siempre les queda el recurso de emigrar para encontrar esos servicios en las zonas urbanas, cosa que, en cambio, no le es dada al habitante de Mali si quisiera marcharse a Amsterdam pues allí siente que la enfermedad de su hijo va a ser mejor tratada.  

En este terreno de la atención sanitaria, nuestro mundo real se puede representar echando mano de un célebre icono de la filosofía moral: el estanque donde un nadador se está ahogando. En el primer mundo hay varios nadadores que pueden perecer pero bastantes socorristas andan al acecho. Ese mismo estanque en un país fuertemente empobrecido está atestado de nadadores y los pocos socorristas que hay están agotados y siempre con la maleta preparada para mudarse de estanque. Algunas medidas paliativas que se han ensayado, en particular el llamado “task-shifting” (que personas, piénsese sobre todo en enfermeros y enfermeras, en principio no cualificadas o entrenadas plenamente para realizar una determinada tarea la acometan tras un entrenamiento acelerado) no resuelven ni mucho menos el problema.

Hay quienes han sostenido que lejos de ser dramática, la emigración de cerebros puede arrojar consecuencias positivas, como en general la inmigración para el país de origen, dado que los inmigrantes ganan y ahorran el suficiente dinero como para mandar cuantiosas remesas. Siendo ello así, sin embargo, muchas veces no es el dinero lo que compensa, sino que lo que resulta imprescindible es la persona capaz de cumplir un cometido específico: colocar una prótesis de rodilla, programar una vacunación infantil, resolver un parto complicado mediante cesárea, diagnosticar una diabetes, operar de cataratas, etc. Casi todo el mundo en el seminario coincidíamos en que los países en el Primer Mundo no pueden explotar esta condición para hacerse con médicos a muy bajo coste. Para ello, resulta de justicia mínima que aquel que fue formado con los recursos públicos de su país, reintegre lo que le fue dado (nadie tiene derecho a recibir formación universitaria para ser médico, y sin embargo creo que todos los seres humanos deben recibir la vacunación imprescindible para sobrevivir). Una manera en la que ese reintegro se hace efectivo supone que los países receptores de médicos convienen en no admitirlos, en cerrarles conjuntamente sus fronteras hasta tanto no se compruebe que se han cancelado esas deudas. Ello plantea un muy frágil dilema de acción colectiva: ¿qué garantías tengo yo de que efectivamente Gran Bretaña u Holanda está haciendo su parte cuando además en algunos de esos países se necesitan médicos? Hace años, si lo recuerdan, el Reino Unido solicitó enfermeras de manera masiva y fueron muchas las españolas y españoles quienes se apuntaron al carro. Hoy proceden de la India donde no sobran precisamente.

Hay otras dos medidas sobre el tapete mucho más comprometedoras con dos derechos que tendemos a considerar básicos y (cuasi) absolutos: el derecho a la educación o al conocimiento, y el derecho a la libertad de movimientos.

Nir Eyal - un muy capaz filósofo moral de Harvard- ha defendido una estrategia más sutil y persuasiva para que los países del primer mundo eviten dar acogida a esos profesionales sanitarios: modelar su formación hasta el punto de hacerles no atractivos. La idea parte de la constatación de que, por un lado, la formación médica al más alto nivel en muchos países del Tercer Mundo es ineficiente- piénsese, por ejemplo, en la destreza para administrar tratamientos anticancerígenos en poblaciones que en su gran mayoría mueren mucho antes de otras patologías- y, por otro lado, resulta frustrante para el médico que jamás, o en muy rara ocasión, va a tener oportunidad de desplegar esos conocimientos. Cuando el curriculum de los estudios de Medicina se cercena de ese modo, se hace al médico mucho más competente en lo local y mucho menos empleable para el hospital o el centro médico de Houston. Nir contiende que la Organización Mundial de la Salud debería exigir ese tipo de diseño en los estudios de Medicina cada vez que se propone financiar o crear un centro de estudios en un país del Tercer Mundo asolado por la fuga de cerebros. Es muy probable que sea una terapia eficaz, pero seamos conscientes de lo que estamos administrando: a un futuro estudiante de Medicina en Angola le vamos a limitar su derecho al conocimiento y a la educación superior solo por el hecho de que ha tenido la “mala fortuna” de nacer en Angola.

Antes señalaba que muchas veces no es el dinero lo que falta sino la persona. La segunda de las medidas propuestas para lidiar con la fuga de cerebros es la más obvia e inmediata; la que más se practicó en los países comunistas y la que más arduas discusiones generó en el encuentro: establecer la obligación de permanencia en el puesto (en el seminario, quienes más furibundamente se mostraron en contra de la restricción de la libertad de movimientos o de trabajo fueron dos filósofos de origen rumano y polaco…).

La obligación de permanencia debe ser temporal – tal vez hasta que haya un reemplazo efectivo, lo cual debe implicar que el poder público hace igualmente su parte para procurar que exista cuanto antes- y puede perfectamente nacer de un contrato entre quien se decide a convertirse en médico y el país que lo forma. Pero aún así, como en todo contrato, debemos disponer de un fundamento para que ese acuerdo de voluntades nos parezca justo. ¿Cuál pudiera ser este? La relevancia de hacernos esta pregunta resulta de considerar otros oficios o profesiones de alta cualificación para las que, sin embargo, no estamos tan dispuestos a exigir dichos períodos de obligatorio ejercicio profesional in situ (aunque en todo caso reclamáramos la devolución del coste de la formación si ésta se acaba desplegando fuera del país).

Luara Ferracioli y yo queremos próximamente escribir sobre esta cuestión dando respuesta a la pregunta por la justificación del deber de permanencia en el caso de los médicos. La estrategia, para ello, sigue los siguientes pasos. El primero es un principio moral general, muy plausible: uno tiene el deber de compensar cuando ha infligido un daño. El ingeniero o el biólogo ha recibido el enorme beneficio de una estructura institucional educativa que le ha formado – ella, por supuesto, ha puesto su talento y esfuerzo en el empeño- pero el médico en formación ha dispuesto de un privilegio aún mayor: poder usar una población, aquella a la que él pertenece, sobre la que aprender a diagnosticar y curar. Para ello necesariamente ha tenido que causar algunos daños – a veces enormes- y, cuanto menos, incrementar los riesgos. Por ello, al menos durante algún tiempo, tiene que compensar en la forma que supone la permanencia.

Hasta aquí el boceto. Próximamente, esperemos, el cuadro con sus luces, sombras, matices y figuras.

Pablo de Lora

Fuga de cerebros médicos

A finales de junio tuve el privilegio de asistir a un seminario en Ginebra centrado en cómo atajar las consecuencias (dramáticas) de un fenómeno con una incidencia particularmente intensa en los últimos años: el flujo de profesionales sanitarios desde los países del Tercer Mundo y en vías de desarrollo hacia el llamado “primer mundo”.

Yo recordaba este término, el de “fuga de cerebros”, de mis tiempos de chaval cuando físicos soviéticos como Sajarov pugnaban por abandonar su país para instalarse en Estados Unidos u otros países “libres”. Las circunstancias de la crisis española que actualmente vivimos han puesto la expresión de nuevo en circulación. El fenómeno para el que fuimos convocados a pensar y discutir es una especie de ese género en el contexto más trágico posible: tanto para quienes se van – quién no lo haría si viviendo en Malawi puede establecerse en Manchester y seguir ejerciendo su profesión – como para quienes se quedan – cuyas necesidades son tan básicas que la mera ausencia de un profesional sanitario de un día para otro provoca muertes a decenas. Para los países receptores, el “negocio” resulta interesante: consiguen recursos humanos con una formación razonablemente buena que han proporcionado – y costeado- otros para cubrir sus necesidades crecientes de atención sanitaria. En particular, en esas zonas rurales a donde muy pocos de los que componen su contingente local de médicos quieren ir. La novela de Abraham Verghese (“My own country”) refleja con mucha viveza esa realidad.

Hay que distinguir el fenómeno de la fuga de cerebros médicos de otro fenómeno paralelo pero distinto: el turismo médico. Algunos países, señaladamente la India, están apostando (habría que decir que las autoridades lo están haciendo) por convertirse en destino hospitalario y sanitario de aquellos enfermos del primer mundo que precisan de un tratamiento que en su país de origen resulta comparativamente mucho más caro. El caso de los transplantes es el más llamativo y crudo, pero no el más importante en términos cuantitativos. Ciudadanos estadounidenses, fundamentalmente, encuentran en ciertos complejos hospitalarios de la India, Filipinas o Tailandia, la tecnología de última hora, cualificados profesionales sanitarios y el lujoso alojamiento que podrían encontrar en su país aunque, eso sí, a un precio muy superior. Allí acuden cada vez en más número para que les sea practicada la cirugía coronaria, o traumatológica que necesitan. Esos países, sin embargo, capaces de proporcionar tales servicios médicos a los turistas siguen mostrando carencias terribles para la satisfacción de las necesidades más básicas de salud de su población.

La fuga de cerebros médicos es también, desde otra perspectiva, un problema de justicia en la distribución de los recursos sanitarios. Pero es un problema con una particularidad crítica: los recursos de los que hablamos son seres humanos y de ellos no podemos disponer – en cuanto a su “manejo”- como si fueran medicamentos, o equipamiento técnico, u órganos. Es por ello por lo que, desde el punto de vista de la filosofía práctica, resulta una cuestión fascinante.

En un mundo ideal, esto es, en un mundo sin fronteras con una cierta autoridad centralizada que se ocupa de intentar satisfacer las necesidades de todos sus habitantes, la cuestión tendría un más fácil manejo y se asemejaría mucho al modo en el que, tradicionalmente, los Estados se han ocupado de cubrir las necesidades de médicos, profesores y otros funcionarios o servidores públicos en zonas deprimidas, de difícil acceso o poco atractivas. No digo que esas soluciones – incentivos en diversos modos o sistemas de oposiciones con asignación de destino en función de la nota- sean plenamente satisfactorias- ciertamente no arrojan resultados óptimos. De hecho, como ya he señalado, el problema del desabastecimiento de servicios sanitarios en el mundo rural es muy acuciante. Pero la comparación no resiste si abrimos el foco y contemplamos nuestro mundo de hoy, global, pero globalmente desprovisto de instituciones efectivas. En último término, a los habitantes de los pueblos en los países del primer mundo siempre les queda el recurso de emigrar para encontrar esos servicios en las zonas urbanas, cosa que, en cambio, no le es dada al habitante de Mali si quisiera marcharse a Amsterdam pues allí siente que la enfermedad de su hijo va a ser mejor tratada.  

En este terreno de la atención sanitaria, nuestro mundo real se puede representar echando mano de un célebre icono de la filosofía moral: el estanque donde un nadador se está ahogando. En el primer mundo hay varios nadadores que pueden perecer pero bastantes socorristas andan al acecho. Ese mismo estanque en un país fuertemente empobrecido está atestado de nadadores y los pocos socorristas que hay están agotados y siempre con la maleta preparada para mudarse de estanque. Algunas medidas paliativas que se han ensayado, en particular el llamado “task-shifting” (que personas, piénsese sobre todo en enfermeros y enfermeras, en principio no cualificadas o entrenadas plenamente para realizar una determinada tarea la acometan tras un entrenamiento acelerado) no resuelven ni mucho menos el problema.

Hay quienes han sostenido que lejos de ser dramática, la emigración de cerebros puede arrojar consecuencias positivas, como en general la inmigración para el país de origen, dado que los inmigrantes ganan y ahorran el suficiente dinero como para mandar cuantiosas remesas. Siendo ello así, sin embargo, muchas veces no es el dinero lo que compensa, sino que lo que resulta imprescindible es la persona capaz de cumplir un cometido específico: colocar una prótesis de rodilla, programar una vacunación infantil, resolver un parto complicado mediante cesárea, diagnosticar una diabetes, operar de cataratas, etc. Casi todo el mundo en el seminario coincidíamos en que los países en el Primer Mundo no pueden explotar esta condición para hacerse con médicos a muy bajo coste. Para ello, resulta de justicia mínima que aquel que fue formado con los recursos públicos de su país, reintegre lo que le fue dado (nadie tiene derecho a recibir formación universitaria para ser médico, y sin embargo creo que todos los seres humanos deben recibir la vacunación imprescindible para sobrevivir). Una manera en la que ese reintegro se hace efectivo supone que los países receptores de médicos convienen en no admitirlos, en cerrarles conjuntamente sus fronteras hasta tanto no se compruebe que se han cancelado esas deudas. Ello plantea un muy frágil dilema de acción colectiva: ¿qué garantías tengo yo de que efectivamente Gran Bretaña u Holanda está haciendo su parte cuando además en algunos de esos países se necesitan médicos? Hace años, si lo recuerdan, el Reino Unido solicitó enfermeras de manera masiva y fueron muchas las españolas y españoles quienes se apuntaron al carro. Hoy proceden de la India donde no sobran precisamente.

Hay otras dos medidas sobre el tapete mucho más comprometedoras con dos derechos que tendemos a considerar básicos y (cuasi) absolutos: el derecho a la educación o al conocimiento, y el derecho a la libertad de movimientos.

Nir Eyal - un muy capaz filósofo moral de Harvard- ha defendido una estrategia más sutil y persuasiva para que los países del primer mundo eviten dar acogida a esos profesionales sanitarios: modelar su formación hasta el punto de hacerles no atractivos. La idea parte de la constatación de que, por un lado, la formación médica al más alto nivel en muchos países del Tercer Mundo es ineficiente- piénsese, por ejemplo, en la destreza para administrar tratamientos anticancerígenos en poblaciones que en su gran mayoría mueren mucho antes de otras patologías- y, por otro lado, resulta frustrante para el médico que jamás, o en muy rara ocasión, va a tener oportunidad de desplegar esos conocimientos. Cuando el curriculum de los estudios de Medicina se cercena de ese modo, se hace al médico mucho más competente en lo local y mucho menos empleable para el hospital o el centro médico de Houston. Nir contiende que la Organización Mundial de la Salud debería exigir ese tipo de diseño en los estudios de Medicina cada vez que se propone financiar o crear un centro de estudios en un país del Tercer Mundo asolado por la fuga de cerebros. Es muy probable que sea una terapia eficaz, pero seamos conscientes de lo que estamos administrando: a un futuro estudiante de Medicina en Angola le vamos a limitar su derecho al conocimiento y a la educación superior solo por el hecho de que ha tenido la “mala fortuna” de nacer en Angola.

Antes señalaba que muchas veces no es el dinero lo que falta sino la persona. La segunda de las medidas propuestas para lidiar con la fuga de cerebros es la más obvia e inmediata; la que más se practicó en los países comunistas y la que más arduas discusiones generó en el encuentro: establecer la obligación de permanencia en el puesto (en el seminario, quienes más furibundamente se mostraron en contra de la restricción de la libertad de movimientos o de trabajo fueron dos filósofos de origen rumano y polaco…).

La obligación de permanencia debe ser temporal – tal vez hasta que haya un reemplazo efectivo, lo cual debe implicar que el poder público hace igualmente su parte para procurar que exista cuanto antes- y puede perfectamente nacer de un contrato entre quien se decide a convertirse en médico y el país que lo forma. Pero aún así, como en todo contrato, debemos disponer de un fundamento para que ese acuerdo de voluntades nos parezca justo. ¿Cuál pudiera ser este? La relevancia de hacernos esta pregunta resulta de considerar otros oficios o profesiones de alta cualificación para las que, sin embargo, no estamos tan dispuestos a exigir dichos períodos de obligatorio ejercicio profesional in situ (aunque en todo caso reclamáramos la devolución del coste de la formación si ésta se acaba desplegando fuera del país).

Luara Ferracioli y yo queremos próximamente escribir sobre esta cuestión dando respuesta a la pregunta por la justificación del deber de permanencia en el caso de los médicos. La estrategia, para ello, sigue los siguientes pasos. El primero es un principio moral general, muy plausible: uno tiene el deber de compensar cuando ha infligido un daño. El ingeniero o el biólogo ha recibido el enorme beneficio de una estructura institucional educativa que le ha formado – ella, por supuesto, ha puesto su talento y esfuerzo en el empeño- pero el médico en formación ha dispuesto de un privilegio aún mayor: poder usar una población, aquella a la que él pertenece, sobre la que aprender a diagnosticar y curar. Para ello necesariamente ha tenido que causar algunos daños – a veces enormes- y, cuanto menos, incrementar los riesgos. Por ello, al menos durante algún tiempo, tiene que compensar en la forma que supone la permanencia.

Hasta aquí el boceto. Próximamente, esperemos, el cuadro con sus luces, sombras, matices y figuras.

Pablo de Lora

Justicia, Paraguay, Mendonca

El jurista paraguayo Daniel Mendonca acaba de publicar un nuevo libro con el título Apuntes constitucionales: una guía para el ciudadano (Asunción: Intercontinental-Centro de Estudios Constitucionales, 2012), que constituye un manual claro, riguroso, y de fácil comprensión, dirigido a estudiantes del sistema constitucional paraguayo. En el prólogo que he escrito para esta obra, he calificado el libro de “brújula teórica” de los conocimientos constitucionales básicos en Paraguay, tomando prestada la expresión de un libro de otro amigo, Jeffrey Tulis. Y, utilizando un fragmento de una de las deliciosas cartas de Thomas Jefferson, llamaba la atención sobre la importancia de transmitir conocimientos políticos y jurídicos a la ciudadanía, de “ilustrar al pueblo” en definitiva, para que “la tiranía y los opresores de nuestros cuerpos y de nuestras almas se desvanecerán como se desvanecen los espíritus malignos al despuntar el alba”. Pero no es de este libro del que quiero hablar aquí.

En Paraguay, Daniel Mendonca es muy conocido por su labor como abogado, ejercida fundamentalmente en el prestigioso estudio de su familia. Pero en la academia internacional, hablar de Mendonca es hablar fundamentalmente de teoría del derecho. Es más, es hablar de teoría analítica y rigurosa del derecho. No es sólo anecdótico que en el famoso ranking elaborado por Pablo Navarro de las personas que mejor conocen en el mundo la ingeniería de Normative Systems de Alchourrón y Bulygin, Mendonca figure en los primeros puestos. Tanto es así, que incluso ha continuado la obra con uno de sus autores, escribiendo Normas y sistemas normativos (Madrid: Marcial Pons, 2005) junto a Eugenio Bulygin. Pero Mendonca realiza también una gran labor pedagógica y divulgativa. Baste mencionar libros como Las claves del derecho (Barcelona: Gedisa, 2000), Los secretos de la ética (Madrid: Tecnos, 2001), y Los derechos en juego (Madrid: Tecnos, 2003). Una aplicación central de esta faceta divulgativa y pedagógica ha tenido por objeto la idea de constitucionalismo, y en especial del constitucionalismo paraguayo. Así, ha publicado libros como Cómo hacer cosas con la Constitución. Una introducción al análisis constitucional (Asunción, 1999), La odisea constitucional. Constitución, teoría y método (Madrid: Marcial Pons, 2004), escrito junto al filósofo argentino Ricardo Guibourg, Análisis constitucional. Una introducción: cómo hacer cosas con la Constitución (Intercontinental, 2008), y ahora el antes mencionado Apuntes constitucionales, además de una Breve historia del constitucionalismo paraguayo: Del Estado independiente al Estado social de derecho (Asunción: Centro de Estudios Constitucionales, 2009), escrita junto a su padre Juan Carlos Mendonca. Pero tampoco es de esta faceta de la que quiero hablar aquí.

Lo que quiero poner de relieve en este post es una dimensión sin duda mucho más desconocida de Daniel Mendonca, o por lo menos desconocida internacionalmente, que son las significativas contribuciones que ha venido realizando al conocimiento y la divulgación de cuestiones básicas de justicia y democracia en Paraguay, y que sin duda contribuyen aún más a desvanecer esos espíritus malignos de los que hablaba más arriba, y que siempre atenazan la noche de nuestras democracias. Bastará con citar los seis libros más importantes que ha publicado en los últimos diez años a este respecto:

Infame condición. Democracia, pobreza, corrupción, Asunción, Paraguay: Servilibro-Centro de Publicaciones de la Universidad Católica Nuestra Señora de Asunción, 2002;

La máquina de gobernar. Ingeniería constitucional y gobernabilidad democrática, Asunción: Intercontinental, 2004;

Corrupción: Un estudio sobre la corrupción en el Paraguay, Asunción: Intercontinental, 2005;

Pobres y desiguales. Notas sobre la pobreza y la desigualdad en Paraguay, Asunción: Intercontinental, 2007;

Tortura. Represión y constitución, Asunción: Intercontinental-Centro de Estudios Constitucionales, 2009; y el más reciente de todos,

Democracia vulnerable: Un estudio sobre el sistema político paraguayo, Asunción: Intercontinental-Centro de Estudios Constitucionales, 2010.

En el post que colgamos hace pocos días sobre el libro de Pedro Salazar Crítica a la Mano Dura, ya hablaba del elogio que merece la valentía de comprometerse y escribir sobre problemas reales y difíciles, sin abandonar el rigor teórico. Y es que los “pequeños grandes libros” de Daniel Mendonca comparten con el libro de Salazar el trabajo honesto y comprometido con la justicia en América Latina, y quiero detenerme un momento en este elemento común. Y es que, en esto, Salazar y Mendonca entroncan con la mejor tradición intelectual de filósofos del derecho latinoamericanos. Me refiero a una tradición integrada por académicos serios y rigurosos cuyas contribuciones teóricas se conectan con la mejor discusión internacional, pero que no descuidan por ello los problemas reales y concretos de su país y de su región.

Es la tradición, por ejemplo, de nuestro común maestro Ernesto Garzón Valdés, quien ha alertado sistemáticamente acerca de los muchos y serios problemas de América Latina, y durante décadas ha escrito innumerables e importantes trabajos tratando de comprender la raíz de los problemas y explorando posibles caminos de solución. Basta recordar algunos de sus libros más conocidos, El concepto de estabilidad de los sistemas políticos (Madrid, CEC, 1987), Instituciones suicidas (México, Paidós, 1999), Calamidades (Barcelona, Gedisa, 2004) y Propuestas (Madrid, Trotta, 2011), muchos de los artículos compilados en Derecho, ética y política (Madrid, CEC, 1993) y prácticamente todas sus reflexiones en El velo de la ilusión: Apuntes sobre una vida argentina y su realidad política (Buenos Aires, Sudamericana, 2000). Pero es el caso también de Carlos Nino, que fue un ejemplo insuperable de intelectual sólido y riguroso, con formación e impacto internacional, pero también comprometido con los problemas de América Latina. Autor de manuales excelentes como Introducción al análisis del derecho (Barcelona, Ariel, 1989), y de magníficos y sofisticados libros académicos como Ética y derechos humanos (Buenos Aires, Paidós, 1984) o The Constitution of Deliberative Democracy (New Haven, Yale University Press, 1993), también escribió sobre los problemas reales de Argentina, como en Un país al margen de la ley (Buenos Aires, Emece, 1992) y en Radical Evil on Trial (New Haven, Yale University Press, 1993), por no mencionar su labor activa en defensa de los derechos humanos durante el gobierno de Alfonsín.

Es a esta tradición de Ernesto Garzón Valdés y Carlos Nino, también representada en otros grandes académicos más jóvenes, como Roberto Gargarella o Marcelo Alegre en Argentina, Rodolfo Vázquez en México, o Rodolfo Arango en Colombia, a la que se unen Salazar y Mendonca. Se trata de una posición, como he dicho, que aúna el compromiso político activo por el desarrollo y consolidación de las condiciones de justicia y democracia y por tratar los problemas reales e importantes del continente, con la mejor investigación académica, sólida, rigurosa e internacional. Cualquiera de los libros mencionados de Mendonca ofrece una introducción informativa veraz al problema de que se ocupe y un tratamiento adecuado y comprometido de los principales problemas éticos y políticos. Son libros, por otra parte, claros y accesibles por parte de cualquier ciudadano, sin necesidad de partir de un conocimiento académico previo. Son, de hecho, trabajos que cualquier ciudadano en Paraguay debería conocer. Y, más importante aún, son trabajos que la clase política y dirigente debería leer, comprender y asumir. No soy ingenuo a este respecto. Las élites en cualquier lugar del mundo, pero por alguna razón más en aquellos países de matriz cultural hispánica, suelen ser por lo general poco dadas a la lectura sobre temas como la justicia y la democracia. Pero tal vez la clase media cultivada pueda sacar provecho de ellos y ayude a poner coto a los “espíritus malignos”.

Termino con una sugerencia dirigida al propio Daniel Mendonca, al hilo de un reciente artículo de prensa de Mario Vargas Llosa, que con independencia de su ideología política, constituye otro magnífico ejemplo de intelectual internacional comprometido con la libertad y la democracia en América Latina. A cuento de la legalización de la marihuana recién anunciada por el Presidente de Uruguay, José Mújica, Vargas Llosa nos hablaba en el diario El País de:

“una verdad de la que tenemos pruebas todos los días, en el mundo entero, con las noticias de los asesinatos, secuestros, torturas, atentados terroristas, guerras gansteriles, que están sembrando de cadáveres inocentes las ciudades del mundo, y el deterioro sistemático de las instituciones democráticas de los países, cada día más numerosos, donde los poderosos cárteles de la droga corrompen funcionarios, jueces, policías, periodistas y a veces deciden los resultados de las justas electorales. La prohibición de la droga sólo ha servido para convertir al narcotráfico en un poder económico y criminal vertiginoso que ha multiplicado la inseguridad y la violencia y que podría muy pronto llenar el Tercer Mundo de narcoestados” (Mario Vargas Llosa, “La marihuana salió del armario”, El País, 1 de julio de 2012).

Esta verdad no es otra que la legalización de la droga es el único camino para defender la democracia y la justicia en América Latina. Esto nos permite conectar de nuevo con el libro de Salazar Sobre la Mano Dura, y más concretamente sobre un aspecto de la lucha contra el narcotráfico que Salazar no analizaba en su libro: ¿debería realmente legalizarse la producción, el tráfico y, por supuesto, el consumo de drogas? El propio Carlos Nino, al que ya me he referido antes, sostuvo en 1984 que no existía ningún argumento moral sólido para punir al menos el consumo de drogas (Ética y derechos humanos, op. cit., capítulo X). Y otros autores mencionados en este post (como Rodolfo Vázquez) han contribuido también significativamente a este debate. Daniel, me atrevo a proponerte que uno de tus próximos libros trate el problema del narcotráfico en América Latina y en Paraguay.

José Luis Martí

Sobre Crítica de la mano dura. Cómo enfrentar la violencia y preservar nuestras libertades, de Pedro Salazar Ugarte

Las estadísticas oficiales de México arrojan cifras escalofriantes de la llamada “Guerra contra el narco”. Nos hablan de decenas de miles de personas asesinadas en poco más de cinco años, muchas de ellas vinculadas a algunos de los poderosísimos cárteles involucrados, pero muchas otras son policías, jueces, periodistas, políticos o simples civiles, víctimas propiciatorias de una lucha con una sola causa: la ambición del crimen organizado en torno a una actividad sumamente lucrativa que jamás debió prohibirse. Desde un México ensangrentado y envilecido nos llegan unas líneas firmes y serenas, un análisis objetivo y riguroso pero a la vez comprometido e indignado: una defensa de los valores y libertades constitucionales, del estado de derecho y de la democracia. Se trata de Crítica de la mano dura. Cómo enfrentar la violencia y preservar nuestras libertades, de Pedro Salazar Ugarte.

Pedro Salazar, además de un conocido intelectual mexicano con presencia habitual en los medios, es uno de los teóricos constitucionalistas más competentes de toda América Latina. Salazar es un académico con una formación muy sólida, con conocimientos vastísimos de la literatura y las discusiones internacionales contemporáneas, pero también con un claro compromiso personal por la mejora de las instituciones y, en definitiva, de la vida y la sociedad mexicanas. En este trabajo, bien documentado y fundamentado en firme teoría política, Salazar ha querido ocuparse –se diría que ha sentido el deber de ocuparse- del mayor problema que afronta México en estos últimos años, de la tragedia que ha teñido de sangre y de barbarie muchos de sus estados y ciudades. Se trata de un libro de análisis político y social fino. Y transita por un difícil camino, muy poco habitual para la mayoría de académicos actuales de todo el mundo: el camino entre la teoría y la praxis, entre el mundo ideal de las ideas y las teorías, que es siempre un ordenado mundo en blanco y negro, y el mundo real lleno de calles grises, plazas verdes, gentes coloridas y sangre roja. Ya sólo este hecho, la valentía de comprometerse y escribir sobre problemas reales y difíciles, y hacerlo sin abandonar el rigor teórico y la razón, merece un elogio. Pero es que además Salazar se sale con éxito de este lance. El libro tiene una tesis clara y sencilla: en mitad del horror de la barbarie, cuando se quiebra el orden básico y la seguridad mínima, cuando uno siente aflorar las emociones más primitivas de violencia y venganza, es cuando más falta nos hacen las instituciones sosegadas y taimadas del derecho, la constitución y la protección de las libertades básicas. Nada se gana con recurrir a los mecanismos extraordinarios de los estados de excepción o emergencia. Nada obtendremos a cambio de relajar nuestro respeto por los derechos humanos. Nada se consigue al abandonar los caminos del derecho para acudir a vías paralelas, aparentemente más cortas. Todos esos caminos alternativos, en definitiva, no hacen más que llevarnos al infierno. Es una tesis, como digo, clara y sencilla. Y aunque pueda parecer obvia para muchos, especialmente mirado desde fuera de México, Salazar se encarga de contradecir una por una las declaraciones de las máximas autoridades políticas y militares del país, que apuntan todas en la dirección contraria. Que la tesis sea obvia para muchos –especialmente académicos, y especialmente aquellos que tienen la suerte de vivir en un estado de “normalidad”, que como el propio Salazar indica, es a veces el estado menos frecuente- sólo quiere decir que lo que sostiene no es controvertido. Y eso, en un libro como éste, no es más que una virtud. El libro no pretende contribuir a la literatura académica de la teoría del estado y a la teoría constitucional –aunque en él pueden encontrarse lúcidos análisis de la idea de estado de excepción y del lugar que debe ocupar en una democracia constitucional estable y legítima. No es un libro, en este sentido, académico. Es un libro mucho más importante, que dice claramente al poder político y militar en México que el camino emprendido es equivocado. Y que el tren del relajamiento del compromiso con la legalidad y los derechos humanos no nos llevará a ningún destino agradable y soñado, sino que es un tren que transita por una vía muerta.

Cuando digo que la tesis central del libro es –académicamente- obvia no quiero decir con ello que no suscite ningún tipo de desacuerdo teórico, si quiera menor. Me une a Pedro una relación de amistad, que está por encima de cualquier otra consideración, pero ciertamente me separan algunas ideas teóricas. Salazar es un firme defensor de una idea robusta de democracia constitucional, que incluya fuertes mecanismos contramayoritarios de limitación de las legislaturas, además de otras clases de frenos y contrapesos. Yo celebro en general la existencia de una constitución democrática así como de múltiples sistemas de control y enfriamiento institucional, pero no me gustan los mecanismos contramayoritarios. Soy más partidario, por así decirlo, de legislaturas fuertes. Salazar confía menos que yo en las personas y en sus capacidades para desarrollar gobiernos legítimos, y confía más que yo en la bondad de las instituciones y el derecho. Y nuestras posiciones respectivas son normalmente presentadas en la literatura internacional como posiciones opuestas. Sin embargo, no lo son tanto como a veces parece, y es importante que esto se diga especialmente en contextos tan graves como el planteado por el libro de Salazar. Como le dijo un monstruo del pensamiento político contemporáneo a otro en un famoso debate entre ambos desarrollado en los años 90 –John Rawls a Jürgen Habermas, siendo los dos seguramente máximos representantes de las posiciones que modestamente defendemos Pedro y yo-, en el fondo estamos de acuerdo en casi todo, y nuestro gran enfrentamiento teórico no es más que una disputa menor por los detalles. Ni yo creo que las personas sean tan buenas que puedan vivir en armonía sin instituciones jurídicas, ni Pedro cree que los textos legales –los meros papeles- puedan servir de algo a menos que los destinatarios de dichos textos estén dispuestos y comprometidos con su cumplimiento y tengan una mínima cultura política y democrática. Y tal vez es de esto último de lo que va en el fondo el libro de Salazar. No es que México tenga, por lo general, malas leyes o un mal diseño institucional. Como en cualquier otro país, por supuesto, todo es mejorable. Pero no es a eso a lo que hace referencia Salazar. Lo que México necesita no son tanto cambios legislativos o constitucionales, sino mayor compromiso con los principios del estado de derecho, con la democracia y con los derechos fundamentales, es decir, una mayor cultura democrática y política. No es que en México los ciudadanos y sus autoridades sean más incultos que los de otros países a este respecto. Sino que los mexicanos han sido puestos a prueba al tener que enfrentar esta situación límite, esta sangría irracional. Es fácil defender los derechos humanos y la legalidad cuando todo funciona correctamente. Es muy sencillo –aunque tiene igual valor- ser demócrata y respetuoso con la ley en Suecia. Pero es en los momentos difíciles cuando defender la civilización frente a la barbarie es más importante y tiene mayor sentido. Y esto es lo que hace Salazar en su último libro. Esta civilización, representada por la metáfora planteada por Pedro en su libro de una plaza cívica abierta y bulliciosa repleta de niños jugando y personas paseando, contrapuesta a una plaza dura y militarizada, silenciosa y armada, es un ideal que nos mueve a todos. Es importante señalarlo. No hay desacuerdo con respecto a los valores. Lo que todos los ciudadanos queremos es la paz, la libertad y la justicia. Y lo que todos los expertos acuerdan es que ello se alcanza sólo por medio del respeto al estado de derecho y los derechos fundamentales.

Me quedo con una observación que efectúa Salazar con respecto al valor de las decisiones de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el tribunal de San José de Costa Rica, que está pasando por momentos difíciles y que merece más que nunca todo nuestro apoyo. México se adhirió a la Convención Americana de Derechos Humanos en 1981 y en 1998 reconoció la competencia contenciosa de la CIDH. Dice Salazar que “con aquella decisión, México abrió su ordenamiento jurídico a las interpretaciones y decisiones de una entidad jurisdiccional de carácter internacional. Como consecuencia –para decirlo de alguna manera-, nuestra Corte de Justicia de la Nación dejó de ser Suprema.” Cito este fragmento para terminar con una idea que me parece de suma importancia. Algunos pueden pensar que lo que hizo México al reconocer autoridad a las decisiones de la CIDH fue perder soberanía y hacer opinar a los extranjeros sobre asuntos que no les incumbían, sobre los que tal vez no sabían nada. Y esa es una percepción equivocada. Lo que hizo México fue reconocer algo que de hecho ya venía ocurriendo: el problema de la guerra contra el narco, como cualquier otro problema serio de derechos fundamentales, ya no es un problema mexicano. Es un problema americano. Es más, es un problema mundial, es un problema de todos. Como ya hiciera el magnífico Bolaño en su obra póstuma 2666, alertando de un problema parecido y tal vez relacionado, el de la desaparición de miles de mujeres en Ciudad Juárez, en Europa somos muchas veces ciegos ante hechos espeluznantes que nos hablan a todos en tanto que seres humanos. El libro de Salazar está dirigido básicamente a los mexicanos. Pero admite esta otra lectura, como un llamamiento a cualquier persona de este planeta. Y tiene razón en ello, porque como ya he dicho, el problema de la guerra contra el narco es un problema de todos. Es por esta razón que yo me siento directamente concernido.

José Luis Martí

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