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Vida, muerte y responsabilidad en Los enamoramientos de Javier Marías

enero 6, 2012

A pesar del título, la última novela de Javier Marías no es ni solo, ni fundamentalmente, una historia de amor o sobre el amor. Antes bien, los enamoramientos – el de María Dolz, la narradora protagonista, o el de Díaz-Varela, o algunos otros más intersticiales o más discutibles en cuanto al contenido “amoroso” de la relación que se describe- son una excusa para hablar – en ese modo de reflexivo soliloquio tan del autor- de algunas cuestiones de mucho interés para quienes piensan, pensamos, filosóficamente sobre la dimensión moral del ser humano. Son concretamente tres, y muy mayúsculos, los asuntos en cuestión: la maldad del morir, la disponibilidad de la propia vida y los grados de la responsabilidad moral y penal por nuestras acciones. Todos esos temas, y otros como el carácter inevitable e imperioso del olvido de aquellos a quienes quisimos y que nunca más han de volver, están muy sugerentemente tratados por Marías, lo cual explica, y espero que justifique, que dedique esta entrada a hablar de su última obra.

Lo hago con la deliberada pretensión de animarles a que la lean, y por ello apenas diré nada sobre la historia, que, como toda buena novela, tiene su enredadora trama y su giro sorprendente que en absoluto debo desvelar. Será difícil, con todo, que algo de todo ello no sea entrevisto al hilo del comentario, y por ello anticipo mis disculpas si, metido ya en faena el lector, resulta que aventura correctamente lo que va a ocurrir y se pierde placer en el empeño. A mí la novela me ha gustado mucho, aunque también me parece que a veces Marías se recrea excesivamente en algunos pensamientos tópicos, manidos, incluso banales, precisamente los que tienen que ver con el amor o el enamoramiento.

Que la muerte no sea un mal porque no nos afecta ya una vez muertos – una idea omnipresente en la novela, en particular en la conjeturada conversación entre Miguel Desvern y Díaz-Varela- fue sostenido célebremente por Epicuro en su Carta a Meneceo, aunque, paradójicamente, él mismo dispuso que se celebraran exequias en su honor tras su muerte, según nos cuenta Cicerón en Del supremo bien y del supremo mal. Queremos quedar convencidos por el razonamiento de Epicuro, lo necesitamos incluso, y, sin embargo, resulta muy difícil aceptar la idea de la inocuidad de la muerte, aunque es igualmente arduo justificar la razón de su condición disvaliosa. Lo más frecuente es apuntar a la pérdida que la muerte supone, lo que se conoce en la literatura – no de ficción- como “argumento de la privación”, un argumento que a los epicureanos no acaba de convencer por la razón ya dicha: de esas privaciones – los placeres que, en su caso, nos brinda la existencia de los que ya no podremos disfrutar- no nos enteraremos.

En más de un momento a lo largo de Los enamoramientos, algunos personajes insisten en este epicureanismo cuando equiparan la muerte con el no-nacimiento, es decir, nos llaman la atención sobre el hecho de que nadie – o casi nadie- lamente no haber nacido antes. Y sin embargo, casi todo el mundo vive no queriendo morir, con lo que, o bien estamos sumidos en una ceguera o cerrazón colectiva que nos inmuniza frente a las mejores razones de Epicuro, o bien hay alguna razón para la asimetría entre lo malo de la inexistencia prenatal y lo malo de la inexistencia post-mortem. Un filósofo que ha pensado con gran profundidad sobre estas cuestiones, Derek Parfit, propone la siguiente explicación: dado que somos seres con futuro, es decir, que vivimos en la dimensión temporal, preferimos sufrir un mayor mal a uno menor siempre que el primero esté situado en el pasado. Imaginemos, nos propone Parfit, que pudiéramos elegir entre estas dos opciones sobre cuándo despertarnos:

a)   El día antes de una molesta endodoncia.

b)   El día después de una cirugía masiva de estómago.

El segundo procedimiento ha infligido a nuestra existencia mucho más dolor, pero ya ha pasado (lo pasado, pasado está, dice el dicho popular) y es por ello por lo que la mayoría preferiríamos b), lo cual no deja de ser otro modo de señalar algo, también sabio, apuntado por Kierkegaard: la vida sólo tiene sentido retrospectivamente, pero sólo se vive prospectivamente. Si supiéramos a ciencia cierta cuándo vamos a morir, y un Dios benigno nos concediera X años más de existencia, ¿no preferirían situarlos después de su muerte y no antes de haber nacido? Eso mismo respondería probablemente Macbeth, cuya afirmación al conocer la muerte de la Reina – “She should have died hereafter”- en el celebérrimo soliloquio de la quinta Escena del quinto Acto, es una referencia intercalada repetidamente en el relato de Marías.

Junto a todo lo anterior, es obvio que la inexistencia que genera la muerte es algo que, a diferencia de la inexistencia prenatal, le ocurre a alguien: no hay sujeto que experimente el no nacer, pero a todos los sujetos nos tocará morir. No es por tanto la equiparación entre el morir y el no nacer una buena manera de hacernos epicureanos pues no se trata de análogos perfectos. Así se lo expone Díaz-Varela a Desverne en esa conversación “metaficticia” a la que antes he aludido, si bien, en otro pasaje, trata de persuadir a la protagonista y narradora con la tesis contraria. En los siguientes términos:

“Nadie puede quejarse de no haber nacido, o de no haber estado antes en el mundo, o de no haber estado siempre en él, así que, ¿por qué habría de quejarse nadie de morir, o de no estar después en el mundo, o de no permanecer siempre en él?… Nadie objeta la fecha de su nacimiento, luego tampoco habría de objetar la de su muerte, igualmente debida a un azar”.

En la tesis de Epicuro de la inocuidad del morir hay una razón subyacente que también es un semillero de perplejidad: la propiedad de lo bueno o lo malo, de las acciones correctas o incorrectas dependen de que alguien se vea afectado, de que un sujeto experimente una sensación no placentera. Pero, ¿es esto realmente así? Muchas de nuestras instituciones, creencias y actitudes no participan de tal idea, y, como decía al principio, ni siquiera el propio Epicuro debió estar muy convencido de ello cuando expresó ese interés póstumo en ser honrado tras su muerte. Piensen igualmente en la traición o la infidelidad. Si quien ha sido traicionado no llega a enterarse, ¿convierte ello en inocua la traición hasta tanto el sujeto no llegue a percibir el engaño o deslealtad? Claro que al muerto ni siquiera le cabe esa posibilidad, pero, así y todo, tendemos a pensar que la incorrección moral de la traición no depende de que aquél a quien se traiciona se entere. ¿Y si no se entera nadie? ¿Y si no hay nadie ya, ningún ser humano que pueda verse afectado por nada de lo ocurrido? ¿Qué habría de malo en que el último hombre sobre la Tierra deshonrara – en las formas más sutiles u horrendas- a todos los muertos que se fuera encontrando en los cementerios de un planeta apocalíptico?

Vayamos con el segundo de los temas anunciados. También desde siempre hemos podido decir lo contrario de lo que expresa Macbeth: que ya llegó nuestro tiempo, y que, contingencias más allá de nuestro control, evitan cerrar el capítulo y el libro cuando ya toca, que se debió haber muerto antes, y, si me apuran (y este no es un asunto expresamente tratado por Marías) que no se debió haber llegado a nacer. Poner remedio a ese azar que nos prolonga indebidamente la existencia mediante la disposición de nuestra propia vida, se ha visto, y se sigue viendo impedido tanto por nuestra débil voluntad – el reflejo, seguramente, del instinto por la supervivencia- cuanto por la creencia en que no somos autores de nuestras vidas, sino meros usufructuarios de una creación ajena.

El debilitamiento de esa creencia – la progresiva implantación, por tanto, de la idea de que nada ni nadie salvo nosotros mismos señorea sobre nuestra existencia- junto con las perversas posibilidades de fútil prolongación de la vida que brinda la Medicina en las sociedades tecnológicamente desarrolladas, contribuyen decisivamente a que cada vez más individuos sientan la urgencia de ser ayudados a morir a tiempo y bien. No siempre nos es dado el suicidio, ora por imposibilidad física, ora por el comprensible miedo a sufrir en el morir, sobre todo cuando el proceso que conducirá a la muerte cierta (siempre lo es) y cercana (siempre lo es relativamente), se ha diagnosticado pero aún no se ha manifestado.

Apenas quedan ya sociedades en las que el suicidio esté penalmente castigado, pero son muy escasas las que permiten el auxilio por parte de terceros, y es en muchas, por no decir casi todas, en las que es muy vivo el debate sobre las condiciones en las que dicha asistencia debería darse para ser impune. Detrás está el temor, no infundado, de que nos deslicemos por una resbaladiza pendiente que nos conduce a dar por bueno el puro y simple asesinato.

Mientras tanto, vivimos un impasse institucional y social construido a base de ciertas ficciones e hipocresías. Al enfermo llamado “terminal” no se le puede matar directamente, pero a él si le es dado rechazar cualquier intervención o tratamiento si es competente y está consciente – aun cuando ello suponga su muerte, a veces de modo muy doloroso- y en todo caso cabe paliar sus síntomas, sedándole incluso, porque con ello no se pretende causarle la muerte – que se descuenta- sino sólo aliviar su sufrimiento. ¿Es que de esa forma nos ensuciamos menos las manos, diluimos nuestra responsabilidad por ser más noble nuestra intención o más lejana nuestra contribución al curso causal? ¿Y qué pasa con los “no terminales”, con quienes no puede decirse, “técnicamente” que lo sean, o que, clínicamente, no pueden rechazar tratamiento alguno, siendo, sin embargo, miserable y penosa su existencia? ¿Por qué, en definitiva, la novela a la que nuestra vida puede asimilarse debe cerrarse hospitalaria o médicamente? ¿No habrá mejores contextos por más “humanizados”?

Esta preocupación contemporánea sobre el buen morir flota con latencia pero de modo muy sugerente en buena parte de Los enamoramientos, y, a partir de ese hilo, se enhebra, finalmente, una última y todavía más perturbadora pregunta, la tercera cuestión en la agenda propuesta: ¿de qué hechos podemos ser hechos finalmente responsables? Sabemos que mucho de lo que pasa escapa de nuestro control y voluntad, pero, ¿no lo será todo en realidad? ¿Cómo es posible, en definitiva, que algo de lo que ocurra nos pueda ser atribuido? Y es que no sólo vivimos como si no fuéramos a morir, sino que vivimos como si nuestro arbitrio contara para algo; para el castigo, si hemos obrado mal, o para la recompensa (el elogio, la fortuna, la admiración) si hemos actuado bien. Y no, no se precipiten, no estamos ante una trivial especulación más sobre el libre albedrío. Lo que nos invita a considerar Marías es mucho más poderoso y sutil: por una parte, una ingeniosa manera de explotar esas dudas sobre la maquinaria de la responsabilidad para expiar la culpa, evadir la responsabilidad, y, eventualmente, el castigo penal, y, por otro lado, la posibilidad de morir de modo más “natural”, esto es, a tiempo, pero sin saber del todo cuándo, con la pizca de sorpresa con la que nos inclinamos a predicar como “humanizada” la muerte “azarosa”, “absurda” en el fondo, y “violenta”, como, según Simone de Beauvoir, lo es toda muerte.

El lector no debe cerrar Los enamoramientos sólo con la duda del móvil del asesinato de Desverne o Deverne, de si estamos ante un crimen por amor, o qué especie de la pulsión amorosa nos puede llevar a matar (insisto en que el amor y sus manifestaciones es la capa más superficial y menos estimulante, a mi juicio, de este relato) sino que también se habrá de echar a la espalda el lastre de otras preguntas: si es que se asesina, ¿quién asesina?, y, en definitiva: ¿hasta qué punto podemos construirnos como autores de nuestro propio destino?

Con la honestidad de quien no escribiera ficción, sino un ensayo – distinción ésta que daría para más digresiones de las que aquí ya caben- Marías se apoya en los topos de Shakespeare (Macbeth) y Balzac (El coronel Chabert). No son malas muletas para avanzar en la espesura que humea cuando nos paramos a pensar y escribir sobre lo mucho de ficticio que arrostramos en nuestra existencia, ficciones sobre las que también se asientan importantes instituciones sociales y jurídicas. Llegará el día en que despertemos, el momento de la verdad, se suele decir, de esa verdad proclamada terriblemente por Macbeth tras el anuncio de la muerte de la Reina (“la vida como un relato contado por un idiota que no significa nada”). Pero mientras tanto, sigamos disfrutando cuanto podamos de estas otras ficciones literarias, de esos relatos encarnados en novelas que, como esta, nos siguen acompañando mucho tiempo después de que hayamos pasado la última página. Tal y como también nos pasa con algunos muertos.

Pablo de Lora

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3 comentarios
  1. A mí también me gustó mucho el libro de Javier Marías y me impresionó profundamente el giro que se produce a mitad de camino de la narración cuando María Dolz escucha la conversación de Díaz-Varela y ese sujeto curioso llamado Ruibérriz de Torres (su descripción por la narradora es magnífica; puede uno divisar hasta sus pectorales y su vientre). Y tus temas, los temas de la novela, son exactos, bien contados y tan atrayentes. Habría que abrir un debate sobre cada una de las cuestiones que destacas. Por ahora solo dejo caer un par de opiniones para el diálogo, apretadas en un solo párrafo y sin ninguna pretensión de desarrollo.

    (Atención: si no ha leído la novela quizá no debería seguir leyendo este comentario, porque algunos hechos a los que me refiero pueden quitarle emoción a la lectura del libro).

    Cuando leía la novela me pareció que Marías hubiera hecho bien en citar ese pensamiento de Elías Canetti sobre la facilidad con la que morimos los humanos, algo que está presente en la primera parte de la novela cuando se insiste una y otra vez sobre la azarosa e inexplicable fatalidad que produjo la muerte de Desvern o Deverne (digresión: me fascina su fascinación por los nombres, que aparece en esta novela de forma explícita y brillante cuando se refieren los múltiples nombres de la malvada Milady). Relacionado con este dato, la facilidad de la muerte, aparece paradójicamente la forma en que se describe la falta de valor de Desvern o Deverne para adoptar la decisión de acabar con su vida para evitar un gran sufrimiento, según el relato de Díaz-Varela, que desde el primer momento resulta sospechoso. Si fuese cierta esa forma de cobardía tan comprensible, Pablo, ¿cómo afectaría a la posible la justificación de la intervención de terceros? Mi desconfianza se vio reconocida hacia el final del libro, algo que tiene que ver con la cuestión de la impunidad. Yo, en la posición de Luisa, querría saber, tener conciencia, pero además me pregunto si especialmente en ese momento posterior, de mayor claridad, no existe una especie de deber moral de contar, no necesariamente por la búsqueda de una consecuencia penal.

    Y antes de terminar, yo preferiría la molesta endodoncia de mañana frente al día posterior con la cicatriz en el estómago, y no lo digo únicamente por la convalecencia.

  2. Querido Carlos, muchas gracias por tu aportación. Me viene particularmente bien ahora que, inopinadamente, me han pedido una charla en la Universidad de Wisconsin y hablaré sobre “los temas” de esta estupenda novela. Un abrazo fuerte.

    Pd. Me paseé nuevamente por aquiescencia…

  3. María de los Ángeles permalink

    Hola Carlos. Me ha encantado lo que has escrito, quería preguntar si puedo citarte en mi tesis acerca de Javier Marías y si tienes más material que pueda utilizar.

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