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Decidir (I)

febrero 9, 2012

Vivimos bajo el manto de una niebla de incerteza, y, aun así, hemos de seguir avanzando. Pero, ¿cómo?

En el año 2007 le fue diagnosticada una leucemia a Dennis Lindberg, una leucemia cuyo tratamiento requería trasfusiones de sangre. Lindberg se negó alegando sus creencias religiosas (las de los Testigos de Jehová) contrarias a esa práctica. El juez que intervino no autorizó la intervención coactiva pues estimó que Dennis tenía competencia suficiente para decidir. Dennis murió al poco tiempo. Tenía 14 años.

Muchas de nuestras instituciones económicas, políticas y sociales están sostenidas sobre la idea de que somos individuos racionales. En el contexto de la relación médico-paciente, entre otros muchos, el consentimiento informado es un principio irrenunciable y su presupuesto es que, como dijera John Stuart Mill, somos los mejores jueces de nuestros propios intereses siempre y cuando podamos ser tenidos como individuos “competentes”.

¿Pero cuál es el exacto alcance del predicado “racional”? En un sentido mínimo, que conocemos cuáles son los medios adecuados para lograr aquello que queremos, es decir, que cabe predicar racionalidad “instrumental” de nuestro comportamiento. Muchos querrían también incorporar la idea de que el fin propuesto es igualmente racional, pero esto es mucho más peliagudo por contrario precisamente a la idea de Mill.

¿Y en qué se traduce exactamente la dicha racionalidad instrumental? Para el muy influyente paradigma de la llamada “economía neoclásica” los seres humanos actuamos tratando de maximizar nuestra utilidad esperada, es decir, escogeremos aquello que más nos apetezca siempre y cuando sea suficientemente probable obtenerlo. Si no, nos habremos de conformar con lo menos apetecible si es que su obtención es mucho más probable.

“¿Qué prefiere usted – nos podrían proponer- un sorteo en el que tiene el 61% de ganar 520.000 euros o uno en el que tiene el 63% de ganar 500.000?” La utilidad esperada de la primera opción es 317.200 euros y la de la segunda 315.000, con lo que es más racional “arriesgarse un poco”. Pero…

Pero en estas, o sea, allá por el año 1952, en un encuentro en París donde se dieron cita grandes economistas (Samuelson, Arrow, Friedman) que luego serían Premios Nobel de Economía, Maurice Allais (también economista y que también acabaría obteniendo el Nobel), les planteó a todos aquellos expertos en la economía del riesgo esa opción que acabamos de considerar y esta otra disyunción entre loterías: un sorteo en el que hay un 98% de ganar 520.000 euros o el 100% de ganar 500.000 euros. ¿Y qué creen que escogieron los sabios? Pues una mayoría el “pájaro en mano”, los 500.000 euros, y ello pese a que el valor esperado del primer sorteo es mayor (509.600 euros). Allais demostró así su “inconsistencia”, o, dicho más crudamente, su irracionalidad (en sus términos): las mismas razones que nos llevaron a arriesgarnos en el primer sorteo deberían conducirnos a arriesgar en el segundo. Y sin embargo,

Sin embargo, puede ocurrir que haya razones para no arriesgarse, circunstancias personales como una mayor aversión al riesgo que hacen demasiado ligero el juicio de que aquellos gurús – como la gran mayoría de los mortales- seamos irracionales. A lo mejor ese modelo de la racionalidad de la economía neoclásica está basado en una deficiente comprensión de la psicología humana.

A constatarlo dedicaron prácticamente toda su vida académica dos grandes intelectuales del pasado siglo: Daniel Kahneman y Amos Tversky, cuyos trabajos experimentales dieron carta de naturaleza a una disciplina fascinante, la “behavioral economics” o “economía del comportamiento”, por lo cual Kahneman recibió el Nobel de Economía en el año 2002, unos años después de la desgraciada y prematura muerte de Tversky. Ahora, Kahneman publica un detallado recorrido de ese trabajo en pos de la explicación de nuestras “irracionalidades” (Thinking, fast and slow, Farrar, Straus and Giroux, 2011).

La idea general que desarrolla Kahneman está contenida en el elocuente título del libro y se puede resumir del siguiente modo: los seres humanos disponemos de dos modos cognitivos y decisionales (Sistemas 1 y 2 en su jerga), uno más inmediato, otro más reflexivo, siendo ese divorcio la fuente de las vulneraciones de la racionalidad o incluso de la lógica. Lo interesante de la investigación de Kahneman y Tversky es que tales vulneraciones se dan sistemáticamente, incluso entre aquellos que, uno pensaría, no pueden actuar o decidir irracionalmente, y, en segundo término, que la decisión más “inmediata” o “irracional” puede estar justificada por el contexto y ser el resultado de un largo y exitoso mecanismo de adaptación de la especie que no puede permitirse el lujo de “pararse a pensar” en toda circunstancia.

La moraleja de quienes, como Kahneman y Tversky, han indagado en nuestra “realidad decisional” es que más allá de los modelos teóricos o ideales, aquel o aquellos que se proponen adoptar medidas para el logro de algún objetivo público habrán de tener muy en cuenta la “materia” de la que están hechos los destinatarios de tales medidas.

Un ejemplo de esos varios heurísticos (heuristics), en la propia expresión de Kahneman y Tversky, es decir, de esos sesgos cognitivos que apresuran la decisión vulnerando así la racionalidad o la lógica, bastará para ilustrar el asunto y para incitar al apetito (¡incluso para leerse el libro!). Se trata del “caso de Linda” con el que se da cuenta de la confusión, muy extendida, entre “probabilidad y representación”. De manera sucesiva, a un grupo de estudiantes de grado, primero, y a otro de estudiantes de posgrado después, se les da la siguiente descripción de Linda: “mujer de 31 años extrovertida, soltera y brillante. Licenciada en filosofía. Muy preocupada en su época de estudiante con la discriminación y la justicia social, y activa participante en manifestaciones antinucleares”.

Se pide a continuación que jerarquicen, de más a menos probables, los siguientes escenarios sobre lo que ha sido de Linda:

a)   Profesora de primaria

b)   Trabaja en una librería y recibe clases de yoga

c)   Activa feminista

d)   Psiquiatra y trabajadora social

e)   Miembro de la League of Women Voters

f)    Cajera de un banco

g)   Vendedora de seguros

h)   Cajera de un banco y activista en el movimiento feminista

Hagan sus apuestas.

To be continued

Pablo de Lora

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