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Justicia, Paraguay, Mendonca

julio 15, 2012

El jurista paraguayo Daniel Mendonca acaba de publicar un nuevo libro con el título Apuntes constitucionales: una guía para el ciudadano (Asunción: Intercontinental-Centro de Estudios Constitucionales, 2012), que constituye un manual claro, riguroso, y de fácil comprensión, dirigido a estudiantes del sistema constitucional paraguayo. En el prólogo que he escrito para esta obra, he calificado el libro de “brújula teórica” de los conocimientos constitucionales básicos en Paraguay, tomando prestada la expresión de un libro de otro amigo, Jeffrey Tulis. Y, utilizando un fragmento de una de las deliciosas cartas de Thomas Jefferson, llamaba la atención sobre la importancia de transmitir conocimientos políticos y jurídicos a la ciudadanía, de “ilustrar al pueblo” en definitiva, para que “la tiranía y los opresores de nuestros cuerpos y de nuestras almas se desvanecerán como se desvanecen los espíritus malignos al despuntar el alba”. Pero no es de este libro del que quiero hablar aquí.

En Paraguay, Daniel Mendonca es muy conocido por su labor como abogado, ejercida fundamentalmente en el prestigioso estudio de su familia. Pero en la academia internacional, hablar de Mendonca es hablar fundamentalmente de teoría del derecho. Es más, es hablar de teoría analítica y rigurosa del derecho. No es sólo anecdótico que en el famoso ranking elaborado por Pablo Navarro de las personas que mejor conocen en el mundo la ingeniería de Normative Systems de Alchourrón y Bulygin, Mendonca figure en los primeros puestos. Tanto es así, que incluso ha continuado la obra con uno de sus autores, escribiendo Normas y sistemas normativos (Madrid: Marcial Pons, 2005) junto a Eugenio Bulygin. Pero Mendonca realiza también una gran labor pedagógica y divulgativa. Baste mencionar libros como Las claves del derecho (Barcelona: Gedisa, 2000), Los secretos de la ética (Madrid: Tecnos, 2001), y Los derechos en juego (Madrid: Tecnos, 2003). Una aplicación central de esta faceta divulgativa y pedagógica ha tenido por objeto la idea de constitucionalismo, y en especial del constitucionalismo paraguayo. Así, ha publicado libros como Cómo hacer cosas con la Constitución. Una introducción al análisis constitucional (Asunción, 1999), La odisea constitucional. Constitución, teoría y método (Madrid: Marcial Pons, 2004), escrito junto al filósofo argentino Ricardo Guibourg, Análisis constitucional. Una introducción: cómo hacer cosas con la Constitución (Intercontinental, 2008), y ahora el antes mencionado Apuntes constitucionales, además de una Breve historia del constitucionalismo paraguayo: Del Estado independiente al Estado social de derecho (Asunción: Centro de Estudios Constitucionales, 2009), escrita junto a su padre Juan Carlos Mendonca. Pero tampoco es de esta faceta de la que quiero hablar aquí.

Lo que quiero poner de relieve en este post es una dimensión sin duda mucho más desconocida de Daniel Mendonca, o por lo menos desconocida internacionalmente, que son las significativas contribuciones que ha venido realizando al conocimiento y la divulgación de cuestiones básicas de justicia y democracia en Paraguay, y que sin duda contribuyen aún más a desvanecer esos espíritus malignos de los que hablaba más arriba, y que siempre atenazan la noche de nuestras democracias. Bastará con citar los seis libros más importantes que ha publicado en los últimos diez años a este respecto:

Infame condición. Democracia, pobreza, corrupción, Asunción, Paraguay: Servilibro-Centro de Publicaciones de la Universidad Católica Nuestra Señora de Asunción, 2002;

La máquina de gobernar. Ingeniería constitucional y gobernabilidad democrática, Asunción: Intercontinental, 2004;

Corrupción: Un estudio sobre la corrupción en el Paraguay, Asunción: Intercontinental, 2005;

Pobres y desiguales. Notas sobre la pobreza y la desigualdad en Paraguay, Asunción: Intercontinental, 2007;

Tortura. Represión y constitución, Asunción: Intercontinental-Centro de Estudios Constitucionales, 2009; y el más reciente de todos,

Democracia vulnerable: Un estudio sobre el sistema político paraguayo, Asunción: Intercontinental-Centro de Estudios Constitucionales, 2010.

En el post que colgamos hace pocos días sobre el libro de Pedro Salazar Crítica a la Mano Dura, ya hablaba del elogio que merece la valentía de comprometerse y escribir sobre problemas reales y difíciles, sin abandonar el rigor teórico. Y es que los “pequeños grandes libros” de Daniel Mendonca comparten con el libro de Salazar el trabajo honesto y comprometido con la justicia en América Latina, y quiero detenerme un momento en este elemento común. Y es que, en esto, Salazar y Mendonca entroncan con la mejor tradición intelectual de filósofos del derecho latinoamericanos. Me refiero a una tradición integrada por académicos serios y rigurosos cuyas contribuciones teóricas se conectan con la mejor discusión internacional, pero que no descuidan por ello los problemas reales y concretos de su país y de su región.

Es la tradición, por ejemplo, de nuestro común maestro Ernesto Garzón Valdés, quien ha alertado sistemáticamente acerca de los muchos y serios problemas de América Latina, y durante décadas ha escrito innumerables e importantes trabajos tratando de comprender la raíz de los problemas y explorando posibles caminos de solución. Basta recordar algunos de sus libros más conocidos, El concepto de estabilidad de los sistemas políticos (Madrid, CEC, 1987), Instituciones suicidas (México, Paidós, 1999), Calamidades (Barcelona, Gedisa, 2004) y Propuestas (Madrid, Trotta, 2011), muchos de los artículos compilados en Derecho, ética y política (Madrid, CEC, 1993) y prácticamente todas sus reflexiones en El velo de la ilusión: Apuntes sobre una vida argentina y su realidad política (Buenos Aires, Sudamericana, 2000). Pero es el caso también de Carlos Nino, que fue un ejemplo insuperable de intelectual sólido y riguroso, con formación e impacto internacional, pero también comprometido con los problemas de América Latina. Autor de manuales excelentes como Introducción al análisis del derecho (Barcelona, Ariel, 1989), y de magníficos y sofisticados libros académicos como Ética y derechos humanos (Buenos Aires, Paidós, 1984) o The Constitution of Deliberative Democracy (New Haven, Yale University Press, 1993), también escribió sobre los problemas reales de Argentina, como en Un país al margen de la ley (Buenos Aires, Emece, 1992) y en Radical Evil on Trial (New Haven, Yale University Press, 1993), por no mencionar su labor activa en defensa de los derechos humanos durante el gobierno de Alfonsín.

Es a esta tradición de Ernesto Garzón Valdés y Carlos Nino, también representada en otros grandes académicos más jóvenes, como Roberto Gargarella o Marcelo Alegre en Argentina, Rodolfo Vázquez en México, o Rodolfo Arango en Colombia, a la que se unen Salazar y Mendonca. Se trata de una posición, como he dicho, que aúna el compromiso político activo por el desarrollo y consolidación de las condiciones de justicia y democracia y por tratar los problemas reales e importantes del continente, con la mejor investigación académica, sólida, rigurosa e internacional. Cualquiera de los libros mencionados de Mendonca ofrece una introducción informativa veraz al problema de que se ocupe y un tratamiento adecuado y comprometido de los principales problemas éticos y políticos. Son libros, por otra parte, claros y accesibles por parte de cualquier ciudadano, sin necesidad de partir de un conocimiento académico previo. Son, de hecho, trabajos que cualquier ciudadano en Paraguay debería conocer. Y, más importante aún, son trabajos que la clase política y dirigente debería leer, comprender y asumir. No soy ingenuo a este respecto. Las élites en cualquier lugar del mundo, pero por alguna razón más en aquellos países de matriz cultural hispánica, suelen ser por lo general poco dadas a la lectura sobre temas como la justicia y la democracia. Pero tal vez la clase media cultivada pueda sacar provecho de ellos y ayude a poner coto a los “espíritus malignos”.

Termino con una sugerencia dirigida al propio Daniel Mendonca, al hilo de un reciente artículo de prensa de Mario Vargas Llosa, que con independencia de su ideología política, constituye otro magnífico ejemplo de intelectual internacional comprometido con la libertad y la democracia en América Latina. A cuento de la legalización de la marihuana recién anunciada por el Presidente de Uruguay, José Mújica, Vargas Llosa nos hablaba en el diario El País de:

“una verdad de la que tenemos pruebas todos los días, en el mundo entero, con las noticias de los asesinatos, secuestros, torturas, atentados terroristas, guerras gansteriles, que están sembrando de cadáveres inocentes las ciudades del mundo, y el deterioro sistemático de las instituciones democráticas de los países, cada día más numerosos, donde los poderosos cárteles de la droga corrompen funcionarios, jueces, policías, periodistas y a veces deciden los resultados de las justas electorales. La prohibición de la droga sólo ha servido para convertir al narcotráfico en un poder económico y criminal vertiginoso que ha multiplicado la inseguridad y la violencia y que podría muy pronto llenar el Tercer Mundo de narcoestados” (Mario Vargas Llosa, “La marihuana salió del armario”, El País, 1 de julio de 2012).

Esta verdad no es otra que la legalización de la droga es el único camino para defender la democracia y la justicia en América Latina. Esto nos permite conectar de nuevo con el libro de Salazar Sobre la Mano Dura, y más concretamente sobre un aspecto de la lucha contra el narcotráfico que Salazar no analizaba en su libro: ¿debería realmente legalizarse la producción, el tráfico y, por supuesto, el consumo de drogas? El propio Carlos Nino, al que ya me he referido antes, sostuvo en 1984 que no existía ningún argumento moral sólido para punir al menos el consumo de drogas (Ética y derechos humanos, op. cit., capítulo X). Y otros autores mencionados en este post (como Rodolfo Vázquez) han contribuido también significativamente a este debate. Daniel, me atrevo a proponerte que uno de tus próximos libros trate el problema del narcotráfico en América Latina y en Paraguay.

José Luis Martí

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