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Sobre Javier Marías

octubre 11, 2012

Hace unos meses, Pablo escribía en este mismo blog un artículo entusiasta sobre la última novela de Javier Marías. Para mostrar que somos buenos amigos pero que no por ello siempre pensamos igual, me atrevo a colgar este post crítico con el escritor madrileño. No escribiré sobre su última novela, que no he leído, sino sobre algunas de sus novelas anteriores.

Debo confesar que mi historia con Marías comenzó mal, y que todos los esfuerzos que he hecho posteriormente por cambiar esa impresión inicial negativa no han dado demasiados frutos. Hace ya muchos años, 15 para ser exactos, leí Cuando fui mortal, un libro de cuentos de 1996, que los especialistas en Marías ciertamente no sitúan entre lo mejor de su producción. Esa lectura me desilusionó, pues tenía altas expectativas con Marías. Debo advertir que nunca he digerido bien cierta prosa española de estilo barroco, recargado, un poco arcaizante. Que siempre he preferido la prosa, por así decirlo, fresca y directa. Y Marías, así lo tenía entendido, representaba justamente eso, aire nuevo, una literatura que modernizaba la novela española, que la hacía más abierta y cosmopolita. Que Marías, para entendernos, no era Muñoz Molina. Y no lo era, eso es cierto. Pero la lectura de Cuando fui mortal me dejó frío.

Tras esa primera experiencia fallida, no han sido pocos los amigos y conocidos, como Pablo o José Juan Moreso, que intentaron sacarme de mi error y me animaron a leer otras cosas de Marías. Tres títulos aparecían invariablemente en las conversaciones: Todas las almas, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. Tanta era su insistencia que, aprovechando una semana de vacaciones conjuntas con los De Lora-Peláez en verano de 2009, abordé Todas las almas, su tan aplaudida novela oxoniense de 1989. Marías conocía bien el ambiente de Oxford, pues había sido profesor allí durante algunos años. Y para mí, como académico, no podía haber contexto más prometedor que aquél, especialmente para acompañarme en mi huida del tradicionalismo barroco español, muchas veces rural, siempre encerrado.

¿Qué decir de Todas las almas? La novela lo tenía todo para cautivarme. El “gótico intelectual” de Oxford, y nada más y nada menos que de All Souls College, el más misterioso de todos los misteriosos colleges oxonienses. Una novela directa, dinámica, con ritmo. Cargada, eso sí, de reflexiones, de miradas profundas. Una novela de personajes, eso es lo principal, pero de personajes con ideas. Parecía casi un manifiesto de lo que yo reivindicaba. Seguramente por eso me decepcionó. Comencé su lectura con la seguridad de que mi primera desilusión con Marías obedecía únicamente a un error, una mala elección de lectura. Pero ese error estaba a punto de subsanarse. Iba a enfrentarme a la que se consideraba tal vez una de las mejores novelas en español de las últimas décadas. Muy altas expectativas, y muy bajas impresiones.

No es fácil explicar lo que me decepcionó. Como digo, la novela reunía todo lo que yo podía pedirle. Sin embargo, sus reflexiones no me atrapaban, muchas de sus digresiones me parecían innecesarias. Algunos de los elementos de la novela me parecían injustificados. Pero creo que lo que mejor puede definir la sensación que tuve al leerla es que la novela, los personajes y las reflexiones no me resultaban creíbles. No me refiero, por supuesto, a credibilidad empírica, a que lo que allí se cuenta pudiera realmente ocurrir con una cierta probabilidad. Me refiero a credibilidad literaria, la que tienen tanto Tiempo de silencio o El Jarama como el Quijote o a los relatos de Poe. Acusación terrible, la de falta de credibilidad literaria. Y seguramente no estoy en disposición de justificarla debidamente. No soy un teórico de la literatura, ni un crítico literario, y este post no pasa de ser una declaración de gustos personales. Pero como en todo juicio estético (que al menos pretende ser) bien formado, pueda éste justificarse de forma explícita o no, hay un intento de trascender el mero gusto reactivo, la emoción desnuda que suscita cierta lectura, para tejer una evaluación que no puede ser si no comparativa. Así que, desde el gusto de alguien que mentalmente compara sus lecturas para urdir sus evaluaciones, aunque en el fondo no deje de ser una cuestión subjetiva, sólo puedo decir que Todas las almas me desilusionó.

En las siguientes conversaciones sobre Marías, esta vez sobre todo con José Juan y María, su sorpresa ante mi juicio negativo sobre Todas las almas, teñida de una cierta incredulidad, se saldaba con una nueva recomendación insistente en que debía leer sus otras grandes novelas. Recuerdo un soleado día en Sant Cugat del pasado mes de noviembre, en que, masticando un delicioso arroz delta-style, conversábamos sobre un reciente diálogo mantenido entre Marías y Jaume Casals, Javier Aparicio y Domingo Ródenas, celebrado en la Universidad Pompeu Fabra con motivo de los 40 años del inicio de su carrera literaria. Yo les contaba que Marías me había sorprendido favorablemente en esa ocasión. Pude ver que era, en efecto, un escritor articulado, con sentido literario, que es algo ya no muy usual en muchos de los escritores contemporáneos conocidos. Y José Juan y María me insistieron en que debía leer Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí.

Los que me conocen saben que soy una persona muy, pero que muy testaruda. Y que me mis opiniones son, muchas veces, excesivamente firmes. Sin embargo, a Marías le concedí una vez más –mejor dicho, dos veces más- el beneficio de la duda. Por tercera y cuarta vez, para ser exactos. Así que este agosto pasado me compré sin dudarlo estas dos novelas (un error, porque una de ellas ya la tenía en mi biblioteca, algo que me sucede a menudo), las obras cumbre de Marías. Comencé por Corazón tan blanco, de 1992, cuyo impacto y reconocimiento fuera de España ha sido incluso mayor que el recibido aquí (lo cual me hacía, de nuevo, albergar esperanzas). Pero la decepción comenzó ya en las primeras páginas. Antes de explicar por qué, debo contar un hecho que sin duda afectó mi juicio.

Mi lectura magna de estas pasadas vacaciones, la lectura justamente previa a acometer de nuevo a Marías, había sido 2666 de Bolaño. Bolaño, del que había leído varias cosas, era ya uno de mis escritores favoritos en español. Águeda, que ya había disfrutado de 2666 unos meses atrás, me había dicho que se trataba de una novela de otro nivel, de otra galaxia. Yo había comenzado a leerla unos meses atrás. Pero la “parte de los críticos”, la primera de las cinco novelas de las que se compone esa obra maestra, no me había atrapado. Y las 1.200 páginas que aglutina el total de la novela, me habían hecho dejarla aparcada hasta las vacaciones, en las que el ritmo estival y el salitre de la costa acompaña mejor estas grandes empresas de “uno mismo y solo”. De 2666 escribiré otro día. Pero sí, es de otro nivel, de otra galaxia. Adelanto que no sólo me parece una de las mejores novelas en español de las últimas décadas (eso es lo que es Detectives salvajes), sino una de las mejores desde que el Quijote las inventó. Cuento esto porque si el juicio estético literario, en mi opinión, y como ya he dicho, es siempre comparativo, el juicio sobre Marías iba a resultar, tal vez injustamente, pero irremediablemente, afectado por esa lectura previa.

Corazón tan blanco adolece del mismo problema de Todas las almas, y como comprobaría más tarde, de Mañana en la batalla piensa en mí. Carecen de credibilidad literaria. En seguida pondré un ejemplo muy menor, pero digámoslo claro de entrada: si un escritor decide poner dos títulos a sendas novelas que se corresponden con versos de Shakespeare, y decida además abrir dichas novelas con epígrafes shakesperianos, y las baña en lenguaje y reflexiones igualmente shakesperianas, está jugando con fuego. Si lo hacen Borges o Nabokov (aunque ninguno de los dos, hasta donde yo sé, lo hizo nunca), el riesgo sigue existiendo pero las probabilidades de éxito son considerables. Si lo hace alguien como Marías, no puedo dejar de acometer su lectura con un cierto escepticismo. Entiéndase bien, no digo que esté prohibido hacerlo, ni mucho menos. Es más, me parece un juego literario perfectamente legítimo. Si alguien lo intenta como divertimento, como ocurrencia para una obra menor, consciente de la distancia sideral con el modelo, la cosa tiene su gracia. Pero si lo hace alguien del que se ha dicho que es uno de los mejores escritores europeos del momento, y lo hace precisamente en sus dos obras cumbres, entonces uno debe medirse realmente con los grandes. No vale aquí ninguna disculpa. No vale intentar rebajar las expectativas.

Por decirlo con Bolaño, de nuevo. Cuando Bolaño escribe Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce con Toni G. Porta, está creando un divertimento. Puede divertir al lector o no. Pero si no lo hace, no pasa nada. Cuando escribe Detectives salvajes, La literatura Nazi en América o El gaucho insufrible la cosa es distinta. Ahí se está midiendo con los mejores de su generación. Aspira a competir con Vargas Llosa o García Márquez, que él no estimaba, o con Marsé, al que estimaba mucho. Pero cuando escribe 2666, su pretensión es de otro calibre. Ahí se terminaron las excusas. Pasamos a la literatura con mayúsculas y negritas. Se la juega. Si le sale mal, pierde. Pero a Bolaño no le sale mal.

No creo que Marías, en estas dos novelas, y a pesar del frame shakesperiano, intentara jugar en la liga absoluta de la literatura. Pero sin duda no se estaba limitando a escribir un divertimento. Muy bien, de acuerdo, juzguémoslo entonces así. ¿Es Corazón tan blanco comparable a La fiesta del chivo, a Últimas tardes con Teresa, a Detectives salvajes? Me opinión es que no. Y la razón principal por la que no es que, de nuevo, carece de credibilidad. Veamos este ejemplo, si acaso menor. La novela comienza, como es conocido, con el suicidio de una joven, un disparo directo al corazón. La escena debería ser sobrecogedora. El padre está comiendo cuando se escucha el disparo. Está masticando un pedazo de carne cuando se escucha el estruendo. Y primero se queda, claro, paralizado. Luego se levanta, corre, sube a la habitación, entra, ve a su hija sin vida tendida en el suelo. ¿No es una escena terrible? Y dice: “…los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él.” Todo esto se relata en ese interminable párrafo inicial de cinco páginas de duración, cargado de información secundaria, que sin duda resta fuerza al momento. Pero ¿alguien puede creer que lo que cuenta de la carne es verdad? ¿No es acaso probable que alguien que tenga un pedazo de carne en la boca cuando suena un disparo lo trague de inmediato? ¿O si no, por lo menos, que lo haga en los segundos en los que corre por el asa en dirección al cuarto de su hija? ¿Y si todavía no, que lo haga, ahora ya sí, al primer segundo de ver el cuerpo ensangrentado de su hija? Aún peor: ¿cómo puede ser que los demás invitados que igualmente corrieron tras él, prestaran atención al hecho de que el padre “iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca”, y no quedara su atención únicamente centrada en el cuerpo yaciente de la joven? ¿Cómo debía masticar ese hombre la carne para atraer la atención de “los que le siguieron”?

Se me dirá que esto es un único fragmento, que no demuestra nada. Pero ejemplos así abundan tanto en Corazón tan blanco como en Mañana en la batalla piensa en mí. Además, el que se supone que va a ser un impresionante y sobrecogedor punto de partida de la novela debería estar mesurado, trabajado, analizado hasta el milímetro por el escritor, en definitiva, ¡masticado y tragado!

Hay muchas otras cosas que comentar de la novela, como de nuevo sus largas y poco interesantes reflexiones, sus excursos irrelevantes para la trama sobre detalles intrascendentes, etc., pero no quiero cansar más a los pocos que hayan llegado a leer hasta aquí. Debo reconocer que Mañana en la batalla piensa en mí, aún adoleciendo del mismo déficit de credibilidad que las otras novelas que he leído de Marías, es la que más me ha gustado. Por lo menos reconozco una cierta idea ingeniosa en el argumento principal. También creo que la novela no es más que eso, el desarrollo de esa idea ingeniosa, y en ese sentido no puede ser si no, de nuevo, una obra menor. Pero al menos produce algún impacto en el lector, tal vez en mi caso mayor por tener un hijo pequeño. Un problema añadido de Corazón tan blanco es su tema principal, una reflexión sobre el matrimonio. Para alguien que nunca ha tenido, ni del todo comprendido, la idea de matrimonio sobre la que Marías escribe y de algún modo critica, la novela me parece extremadamente aburrida. Reconozco que puede ser interesante para aquellos que alguna vez compartieron esa idea, y cuya vida les llevó a plantear puntos de vista parecidos a los del protagonista. Pero a mí, hasta la crítica de la institución, menos clara de lo que podría ser, me parece aburrida…

No me extiendo más. Tras cuatro novelas, cuatro intentos sinceros, y un montón de horas de mi vida dedicadas a Marías, habiendo tanto y tan bueno por leer en este mundo, no puedo dejar de prometerme a mí mismo que jamás leeré ninguna otra obra de Marías. Prefiero seguir, como estoy haciendo estas semanas, leyendo todo lo que me quedaba por leer –cada vez menos, desafortunadamente- de Bolaño y Bioy Casares, esos dos monstruos de la literatura española.

 

José Luis Martí

 

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2 comentarios
  1. Delsur permalink

    Es posible que haya sido de los pocos que han leído hasta el final su más que larga exposición del por qué no le gusta Marías. No coincidimos en absoluto. Yo no lo comparo con nadie. Marías escribe exactamente igual que Marías. Nada más. Fue, y sigue siendo, unos de los pocos escritores que consiguen que me detenga en su escritura para releer una frase, para comprobar cómo él consigue decir en muy pocas palabras, aquello que tal vez muchos de nosotros no sólo necesitaríamos muchas más, si no que tal vez no seamos capaces ni de aclarar interiormente la idea que el desarrolla. Con ” Mañana en la batalla piensa en mí “, leída en Barcelona en el año 97, comencé a leer a este escritor ( que debería recibir el Nobel ), y todavía no he dejado de leerlo. Reciba un cordial saludo desde Granada.-

  2. JLM permalink

    Le agradezco su comentario, Delsur. Como usted dice, yo sólo traté de explicar por qué no me gusta Marías. Eso me da la ocasión de insistir en algo que ya digo, que no pretendo hacer crítica literaria, ni mucho menos explicar a los demás por qué no deberían leer a Marías. Sólo explico lo que yo encuentro en sus novelas. Me parecía que igual que colgamos opiniones positivas podemos colgar también opiniones negativas.
    José Luis

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